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De viaje por Turquía (8º parte): en bici por Büyükada

Hola a todos y a todas, ¡espero que estéis bien! Perdón por haber estado un poco ausente toda la semana pasada o así: las fechas de entrega de la universidad me han estresado un poco y, por desgracia, he tenido que priorizar eso por encima del blog. No obstante, ahora que ya he más o menos terminado mi trabajo más grande, me dejaré ver más por aquí. Pronto me voy de viaje a Amsterdam (¡estate atento porque voy a publicar algunos posts sobre eso!) y en breves vuelvo a la universidad en Oxford, así que habrá contenido nuevo y emocionante muy pronto. Hoy, sin embargo, te traigo la última entrega (¡qué triste!) de mi serie 'De viaje por Turquía'.

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Si has leído alguno de los otros artículos que he escrito sobre mi viaje en solitario, sabrás que el 11 de septiembre ya había pasado setenta y dos horas explorando Estambul. Por esta razón, decidí que el último día me aventuraría un poco más allá e iría a visitar las famosas Islas Príncipe. Este archipiélago, ubicado en la costa, sirvió como lugar de exilio para algunos príncipes bizantinos y, después, para familiares de los sultanes otomanos. Más tarde se convirtió en un destino vacacional para familias adineradas y hoy en día es uno de los destinos para excursiones más famosos de la ciudad.

Al final solo tuve tiempo para ver una de las nueve islas (Büyükada, la más grande de todas), pero desde luego a esta no le faltaban casas de la época otomana ni tampoco idílicas calles peatonales. No obstante, por muy tranquilo que fuera este lugar, no se si merece la pena el viaje de dos horas en ferri o, desde luego, hacer el sacrificio de pasar un día más en Estambul. Tendrás que esperar al final de este artículo para saber lo que pienso en general, porque ya he dicho suficiente. Sin más dilación, pues, volvamos a lo importante y ¡deje que te teletransporte a Estambul!

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Día 15 (11 de septiembre)

¡Todos a bordo!

Me levanté temprano y lista para mi último día completo en Turquía. El último ferri de la mañana que iba a las Islas Príncipe salía desde Kabataş a las 9:30, así que no me quedó otra que abandonar la idea de quedarme haciendo el vago. Después me di cuenta de que podría haber dormido otros veinte minutos más si hubiese ido a la terminal de Eminönü, que está más cerca; sin embargo, mi falta de investigación acabó jugando a mi favor. Salir desde Kabataş no solo supuso poder ver una nueva parte de Estambul (paré en Kilic Ali Paşa Hamam para comprar algunos artículos de baño auténticos y después le eché un vistazo rápido a la espléndida Fuente de Tophane), sino que también, puesto que era mi primera parada, conseguí un asiento en primera fila en la parte de arriba del barco.

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Mi viaje, por tanto, fue bastante agradable: Mis vistas fueron increíbles, primero de Estambul y después de algunas de las islas, ¡y en ningún momento me mareé!

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Un lugar rápido para hacer turismo

Después de dos horas y seis paradas, llegamos, por fin, ¡a la preciosa Büyükada! A partir de este momento comenzaron una serie de empujones mientras cientos de pasajeros trataban, a la vez, de bajar por la estrecha rampa que conectaba el barco con la tierra. Escapé del caos sin ningún rasguño (¡fue todo un milagro, la verdad!) y, mientras todo el mundo siguió su camino, me paré un momento a observar el edificio de la terminal del ferri, de principios del siglo veinte, con sus azulejos blancos y azules.

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Después de echarles un vistazo rápido a las tiendas de dentro (la mayoría estaban orientadas a los turistas), decidí subir hasta el icónico Splendid Palace Hotel. Había leído mucho sobre cómo recordaba algo a Wes Anderson y, cuando llegué allí, pude comprobar a lo que se referían. Con sus encantadoras persianas rojas y las enormes bóvedas azuladas, era todo un espectáculo: ¡ojalá pudiese haberlo visto también por dentro!

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Una comida cuestionable

Ya se iba acercando el mediodía, así que decidí volver a la zona de abajo a buscar algo para comer. Por alguna razón, solo me apetecían cosas dulces, así que, obviamente (en vez de ignorar mis antojos y comer algo un poco sano), me permití a mí misma comerme un helado y un batido de chocolate. ¿Me arrepiento de esta decisión? No. ¿Lo haré cuando tenga que volver al dentista? Probablemente. Después de pagar la cuenta, tocaba seguir haciendo turismo.

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Explorar sobre ruedas

Como ya he dicho antes, en ninguna isla hay vehículos (excepto algunos coches de policía), así que si quieres ver mucho en poco tiempo, tus dos únicas opciones son alquilar una bicicleta o ir en carro de caballos. Decidí que lo mejor sería compensar por la dieta tan pobre de ese día e ir en bici. La tienda de alquiler por la que me decanté (que tan solo cobraba 10 TL (1,40 £)) la hora) parecía bastante ideal. Uno de los señores que trabajaba allí me dio 'la mejor bicicleta de la casa' (estoy segura de que le dicen eso a todos los clientes... ), a la que le colgó una adorable cesta decorada con una flor falsa.

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No obstante, dos minutos después de emprender mi viaje, se soltó una de las cadenas y la cesta se quedó completamente retorcida. Volví a la tienda de inmediato, esperando que me pidiesen disculpas. Sin embargo, un trabajador distinto me cogió la bici de forma apática, lo arregló todo rápidamente y me la devolvió sin mediar ni una sola palabra. A saber cuántas veces había tenido que repetir el proceso durante el día.

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De vuelta a mi viaje, decidí ir en dirección a la cima de la montaña al Monasterio de San Jorge Koudonas. Las cosas empezaron con buen pie mientras pedaleaba por las preciosas calles de la isla, llenas de árboles, y pasando las mansiones de la era otomana. Sin embargo, tan pronto como llegué a las calles más empinadas, se convirtió en una historia completamente distinta. Puesto que mi bicicleta no tenía marchas (por lo menos no parecían funcionar) no tuve otra opción que bajarme y, puesto que subir cuesta arriba suele ser bastante duro, comencé a sudar bastante.

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Una subida ardua

Por suerte, llegué rápidamente a la plaza, que contaba con un camino que conducía al monasterio, así que aparqué mi bici en una zona de aparcamiento, compré una botella de agua y continué con la siguiente parte de la subida. Lo que pensé que sería un paseo agradable y rápido se convirtió en una terrible caminata de media hora. Las vistas eran increíbles (podía ver Estambul por encima del mar), pero hacía demasiado calor. Todo el mundo que estaba a mi lado también parecía estar sufriendo: incluso si no aparecían tan abatidos como yo, desde luego sus caras estaban rojas y sudorosas.

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No estuvo mal, no obstante. Disfruté viendo los diversos puestos de joyas que había por el camino y encontré uno o dos árboles cuyas ramas estaban llenas de papeles. Esto, según leí en mi guía turística, eran mensajes para Dios, escritos por personas que vinieron al monasterio hace siglos para rezar por sus familiares enfermos.

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El Monasterio de San Jorge Koudonas

Después de estar treinta minutos cuestionándome seriamente mis decisiones, por fin llegué al Monasterio de San Jorge Koudonas. Solo estaba abierta una sala dentro de este complejo de cientos de años de antigüedad, pero sus brillantes lámparas de araña y sus techos estrellados me dio una idea general del esplendor de esta institución. 'Quizás, solo quizás', pensé mientras caminaba por allí, 'esa caminata no ha sido una completa pérdida de tiempo'.

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El Orfanato Griego Prinkipo

El camino de vuelta al parking de bicicletas fue, obviamente, bastante menos duro y me sentí superior cuando me cruzaba con aquellos que estaban ascendiendo. La sonrisa no me duró mucho, no obstante, ya que para llegar al siguiente lugar de mi lista (el tenebroso Orfanato Griego Prinkipo, la estructura de madera más grande de Europa) ¡tenía que pedalear hasta la cima de otra montaña! Por suerte, este trayecto no fue tan cansado (después de todo, esta colina era más pequeña y estaba menos inclinada que la última) y ya estaba allí en menos de diez minutos.

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Sin embargo, no había mucho que ver: el edificio, según indicaba un cartel, había estado cerrado desde 1977 y, desde entonces, se le había otorgado el título de uno de los lugares patrimoniales más amenzados de Europa. Por lo tanto, no permitían que nadie se acercase a él. No obstante, miré un poco entre las barandillas y pude ver algunas de las habitaciones que pertenecieron primero a un hotel de lujo y más tarde a un orfanato. Algunas tenían columnas; otras eran menos ostentosas. Todas estaban completamente desiertas.

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Un error de principiante

Cuando vi todo lo que había que ver aquí, decidí volver al otro lado de la isla y hacia la tienda de alquiler de bicicletas. Sentía demasiada pereza como para mirar el mapa, así que decidí fiarme de su instinto: era obvio que si iba por la calle contraria a la que había venido, completaría un círculo y llegaría donde tenía que ir. Pedaleé un rato y después saqué el teléfono para comprobar que todo iba bien. Al parecer iba en la dirección completamente equivocada. 'Umm', pensé. 'Quizás es que no hay mucha cobertura por aquí'.

Y así, sin más, seguí pedaleando por las calles hasta que, al final, ¡volví a la plaza que estaba debajo del monasterio y del orfanato! Estaba desesperada: sí, el viaje había sido fantástico en cuanto a las vistas, pero no, no estaba contenta de que todos mis esfuerzos junto con todo ese calor hubieran sido en vano. No importa, por lo menos ya sé que debo volver por donde fui.

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La viajera derrotada

Cuando llegué al centro de comercio de la isla, ya iban a ser las 16:30. Mi teléfono estaba en las últimas, mi cuerpo estaba completamente falto de energía (mi culpa totalmente, ¡lo sé!) y todo lo que quería hacer era llegar a Estambul. El siguiente ferri se iba a las cinco en punto, así que decidí matar el tiempo comiendo varios pasteles en un café del edificio de la terminal. Miro atrás y la verdad es que ojalá hubiese pensado algo más en mi salud y hubiera ido a ver la casa de Leon Trotsky en su lugar, pero supongo que cuando estás de mal humor el azúcar te subirá el ánimo más que hacer turismo.

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Dormí durante la mayoría del trayecto de vuelta a Eminönü, ¡así que lo que hubiera sido un viaje tedioso acabó siendo bastante agradable! Me desperté justo cuando pasábamos por Maiden’s Tower, y saqué unas fotos algo borrosas.

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Durante el resto de la tarde no pasó nada emocionante. Había planeado darme un capricho con la última comida turca auténtica, pero al final estaba demasiado cansada para hacer otra cosa que no fuese coger algo para llevar en el McDonald’s. (Sé que mi dieta fue un completo desastre ese día, pero prometo que fue algo puntual). De vuelta en el hostal, hice las maletas, me di una ducha rápida y me tumbé en la cama para dormir por última vez en Turquía.

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Conclusión final

Llegados a este punto, supongo que entenderás por qué no soy muy fan de Büyükada. Muchas de las personas que conocí en el hostal me hablaron muy bien de la isla; y volví bastante decepcionada gracias a una mezcla de expectaciones demasiado altas, un rechazo hacia los lugares demasiado turísticos y a una serie de malas experiencias. No desanimo a otras personas a visitar las Islas Príncipe, pero definitivamente no recomiendo poner este lugar por delante de Estambul. Si lo haces, no obstante, y quieres visitarlas, aquí te dejo algunos consejos:

  1. ¡Coge un ferri rápido! Me llevó dos horas llegar a Büyükada y otras dos para volver, pero ojalá hubiese optado por un servicio más rápido y algo más caro.

  2. ¡Escoge una buena empresa de alquiler de bicicletas! Si planeas alquilar una bici, asegúrate de que tenga marchas: las necesitarás para subir por las empinadas cuestas de las islas. Además, asegúrate de que no estás pagando mucho más de 10 TL a la hora: algunas tiendas definitivamente cobran de más.

  3. ¡Carga tus pilas! Llénate de mucha buena comida y asegúrate de beber mucha agua durante el trayecto (a no ser, claro, que quieras morirte de cansancio).

  4. ¡Lleva crema de sol! ¡Y un gorro! ¡Y ropa ligera! (Yo iba en vaqueros y se me quedaron pegados la mayor parte del día).

  5. ¡Considera llevar comida de Estambul! La mayoría de los restaurantes de Büyükada son trampas turísticas, así que probablemente comas mejor y más barato si te compras algo antes de irte.

  6. ¡Que sepas que hay playas en las islas! Si te apetece darte un baño en el mar, esta es tu oportunidad. Tan solo ten en cuenta que tendrás que pagar para acceder a las orillas arenosas.

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Fin de la octava parte

Así que aquí lo tenemos: ¡la octava y última etapa de mi serie 'Viajando por Turquía! No me puedo creer lo rápido que se me ha pasado este viaje, pero me lo he pasado en grande viajando estas dos semanas y no puedo esperar para volver a Turquía en un futuro. Muchísimas gracias a todos los que hayáis estado al tanto de mis aventuras: tanto si has leído un artículo como los ocho, ¡aprecio mucho tu interés!

Pronto publicaré más artículos más generales (uno sobre los restaurantes de Estambul y otro sobre los baños turcos), pero, ¡ahora me toca volver a la realidad! No importa cómo de triste me sienta en el día a día, porque sé que siempre habrá una pequeña parte de mi cerebro que sueñe con mi próximo viaje...

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