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Un paseo bajo las luces brillantes y una noche larga

Esta es una historia sobre un paseo durante toda la noche, delicias de un vendedor ambulante y algo que me dio un amigo. Te doy la bienvenida a mi vida en forma de telenovela.

Episodio 3: bolis

Resumen

De acuerdo, todos recordamos Santander, ¿no? Si no es así, puedes leer el Episodio 1 en mi blog, para tener un poco de contexto. Estaba viviendo en Barcelona, una ciudad con algo que ver para todo el mundo. En este momento de mi estancia como estudiante extranjera, ya había experimentado todas las emociones. He ido de viaje con un grupo de Erasmus de mi escuela y fue fantástico. He visitado casi todos los lugares importantes de Barcelona dos veces, menos el estadio de fútbol, lo sé, debo estar loca. He caminado por La Rambla, he bajado a la playa y he subido al parque Güell, básicamente todos los sitios.

¿Has visto? He tenido la oportunidad única y maravillosa de vivir en una de las ciudades más populares de Europa. Barcelona acoge a millones de turistas cada año. Entre estos turistas se encontraban algunos de mis amigos de Canadá y otros cuantos que también estaban estudiando en Europa. Llevaba una semana en Barcelona, cuando una de mis mejores amigas vino a verme, el mismo fin de semana que otra también vino desde Canadá. Pensarás que fue un fin de semana bastante ajetreado, pero fue muy divertido hacer turismo y ver todos los lugares con mis amigas.

Unos meses más tarde, tuve una situación parecida. Dos amigos iban a venir a la ciudad al mismo tiempo. Una de mis mejores amigas de la universidad, que había conocido en las clases de español, estaba de viaje por Europa y vino a visitarme a España. Tenía muchas ganas de ver Barcelona y Granada. Planeamos el viaje con unos meses de antelación, porque su sueño era ver el Palacio de la Alhambra en Granada y para ello, es necesario comprar las entradas unos meses antes.

Pero, hace unas semanas, conocí a un chico maravilloso en Santander, que justo iba a venir a Barcelona ese mismo fin de semana. No había dudas.

Las amigas están por encima de los hombres. ¡Obvio! Tuve que decirle que tenía planes y que no podríamos quedar durante el día. Además, no tenía ni idea de mis sentimientos reales por este chico. Sabía que en lo más profundo de mí estaba aterrada, porque todo era muy correcto con él. Hemos seguido hablando por aplicaciones de mensajería desde nuestra noche en Santander y llegados a este punto, me pregunto qué intenciones tenía conmigo.

Giro en el guion

La suerte quiso que mis circunstancias cambiasen durante la visita de mi amiga canadiense. Me dijo que había reservado un Airbnb en el centro (algo totalmente ilegal en Barcelona), en vez de quedarnos en mi piso junto a todos los compañeros. Me pareció una buena idea, porque en ese momento no estaba viviendo en el centro de Barcelona y así, sería más fácil poder movernos. También suponía que no tendría que ir a casa al final de ese día, lo que me dejaba la tarde y la noche más libre.

También debo admitir que normalmente no me quedo por ahí hasta muy tarde. Claro que he salido de fiesta por las noches, pero he decidido que si el chico de Santander quiere verme realmente, podríamos quedar y pasear por Barcelona toda la noche. Una idea genial, ¿verdad?

Le dije a mi amiga de Canadá que iba a quedar con un amigo un rato, e incluso le pregunté si quería venirse. Decía que estaba cansada de estar todo el día andando por ahí y que no quería quedarse hasta tarde, rechazó mi proposición, así que me fui hacia donde habíamos quedado.

Te estarás preguntando por qué andar por la noche en Barcelona me parece una idea totalmente segura. Según mi experiencia, lo es. Incluso en el centro por la noche me siento totalmente segura, porque todo el mundo está de fiesta y bebiendo, creo que es incluso más seguro que durante el día cuando todo el gentío y los carteristas salen. Las luces en La Rambla brillaban y yo iba caminando por las calles con más ambiente hacia una de las muchas iglesias famosas de Barcelona donde había quedado con él.

El comienzo de la aventura

Me quedé de pie durante unos minutos cerca de la iglesia y por el rabillo del ojo vi que el chico de Santander estaba allí ante mí. Ahora en Barcelona. Pasada la medianoche. Pensé que era una idea descabellada. Tenía miedo. No de él, sino de cómo me iba a sentir. Nos saludamos y decidí que podría escudarme poniéndome en modo guía turística. En Canadá, soy guía turística en algunos de nuestros lugares más visitados. En este momento también era la anfitriona, había vivido aquí y me conocía los alrededores. No dejé pasar un segundo y comenzamos por las sinuosas calles del Barrio Gótico y acabamos sentados en la iglesia más importante de Barcelona (no, técnicamente no es La Sagrada Familia). Estuvimos viendo a patinadores y gente en frente de la catedral de Barcelona, mientras se me ocurría algún tipo de itinerario. Al final, le pregunté: “bueno, ¿a dónde te gustaría ir?” y él dijo algo así como que simplemente quería pasear. Pensé que quizá él tendría algo en la cabeza y podíamos verlo.

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La catedral de Barcelona durante el día

Nos adentramos en la popular calle de Barcelona que conecta la catedral con la Plaça de Sant Jaume, que donde están el Ajuntament de Barcelona (el ayuntamiento de Barcelona) y el Palau de la Generalitat (el gobierno provincial de Cataluña). Son los dos edificios más importantes de la ciudad. Esta calle se denomina el Carrer del Bisbe, es muy popular durante el día porque a la gente le encanta hacer fotos junto al Pont Gotic, que un pequeño puente que conecta la Generalitat con la iglesia. Se trataba de una forma de hacer saber antiguamente que la iglesia influenciaba al estado. Pero esa noche, la calle estaba vacía y estaba un poco oscuro para hacer fotos. A pesar de ello, señalé la calavera desde debajo del Pont Gotic, que a mi acompañante en la noche le pareció muy interesante.

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Pont Gotic también durante el día

Aquí llegó la primera ocasión en la que me di cuenta de que esa noche tenía hambre. Mientras que paramos para mirar un escaparate, mi estómago empezó a sonar y pensé que era el momento de ir a buscar un sitio para comer algo. Giramos la esquina para ver si uno de mis restaurantes favoritos de pintxos (un tipo de comida en raciones pequeñas que hay en los bares de España) estaba abierto, lamentablemente estaba cerrado. Decidimos que si encontrábamos algo abierto a esas horas, pararíamos.

Nuestro paseo nos llevó hasta La Rambla, pero el jaleo se acabó pronto, cuando nos dirigimos hacia la Plaça Reial, que es una típica plaza española con una bonita fuente en el medio y unas cuantas palmeras para completar el cuadro. Por el día los restaurantes están abiertos y la actividad rebosa, pero parece que ahora los restaurantes están cerrados y solo queda la actividad. La gente arriba y abajo por la plaza de camino a los bares y discotecas. Mientras tanto, andaban vendiendo cerveza por un euro, a cada persona que pasaba le preguntaban y si ya le habían preguntado, lo volvían a hacer.

Nos sentamos en unos asientos y pensamos que sería un buen lugar para seguir nuestra conversación. Nos equivocamos. Vinieron unas cuantas veces a preguntarnos , ninguno de los dos queríamos y seguíamos diciendo: “no, gracias” cada dos por tres. Después de 10 minutos, nos miramos, nos levantamos y continuamos bajando La Rambla. Estábamos llegando al final de esta calle bulliciosa y decidimos ir hasta la estatua de Cristóbal Colón, que estaba señalando en dirección a las Américas. En este momento, estábamos empezando a entablar una profunda conversación sobre la religión y el colonialismo, y después, sobre bolis.

¿Cómo hacer que una chica se vuelva loca por ti? ¡Lleva bolis!

Estaba totalmente alucinada. Me di cuenta de que llevaba dos bolígrafos en el bolsillo cuando le pregunté, me contestó que llevaba otro por si uno se gastaba. Normalmente no juzgo a la gente por sus obsesiones con los bolis, porque yo también tengo un cuidado especial con mis bolis, pero eso me pareció algo extraño. Dimos la vuelta alrededor de la estatua unas cuantas veces durante esta conversación y señalé que debajo de la estatua había un pequeño museo y que justo bajando la calle, entre todos los barcos del puerto, se ve el Maremagnum. Es un centro comercial enorme junto al mar y uno de los pocos sitios que abre los domingos, porque da servicio a muchos turistas que vienen en cruceros. También es un edificio muy chulo.

Paseamos junto al Passeig de Colon, que va paralelo al Port Vell (el antiguo puerto). Paramos aquí y allá para ver los barcos o hablar sobre algo e incluso, paramos para investigar un pequeño parque de juegos para niños. Nos reímos, sonreímos, hicimos flexiones y sobre todo nos lo estábamos pasando genial. Finalmente, terminamos en la Gamba de Mariscal, una estatua gigante de una gamba, que al parecer pertenecía a un restaurante cercano. A la gente le gustaba tanto que cuando el restaurante cerró, decidieron dejar la estatua. Está claro. ¡Tiene unas patas de langosta tan monas! Está a tan solo unos pasos del Cap de Barcelona, una estatua creada durante la renovación del puerto de Barcelona para las Olimpiadas de 1992. Se buscó la inspiración en el arte moderno y en el artista y arquitecto más famoso de Barcelona: Antonio Gaudí.

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La Gamba Mariscal

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El Cap de Barcelona

Aquí fue donde la situación fue a peor. Es broma. Fuimos hacia el Aquarium de Barcelona, aunque sabíamos que estaba cerrado. También aquí fue cuando la cosa se puso realmente cursi. Pasamos por la Plaça de l'Ictineo, que está entre la estatua y el Aquarium, un lugar donde la gente suele dormir en el césped durante el día y caminar por la noche. Nosotros éramos de los que andaban. Era una noche tranquila, no había pensado que, aunque Barcelona era una ciudad con una temperatura agradable, por la noche podría hacer frío. Ahí estaba yo, como en una escena típica de comedia romántica, temblando pero intentando fingir que no tenía frío. Se dio cuenta de que tenía frío, como harían en esa misma escena, me ofreció su camisa. Le dije: “no, estoy bien. Además, si te la quitas, tendrás frío”, pero claro, llevaba otra capa de manga larga debajo, y añadió que estaría bien así. Cogí la camisa un poco a regañadientes, porque sabía que estaba en una nube de comedia romántica, pero creo que forma parte de una buena historia.

Vuelta a la realidad

La realidad era que como en la mayoría de las grandes ciudades, Barcelona tiene una gran parte de población sin techo. Es un hecho doloroso, pero caminamos cerca de ellos, muchos durmiendo en sacos y mantas justo fuera del Aquarium. Reflexioné sobre el hecho de que en una ciudad tan llena de turistas que vienen de todo el mundo, hay algunos que no pueden permitirse las necesidades más básicas. Me hizo sentirme culpable por todas las oportunidades que he tenido de viajar y estudiar al otro lado del mundo. Ambos nos lamentamos de ello mientras que retrocedíamos hacia el Moll d’Espanya, que es el paseo que hay por el Aquarium y el Maremagnum. Decidimos sentarnos en el borde del muelle y contemplar las grandes embarcaciones y los lujosos barcos que teníamos en frente. Un duro contraste con los sin techo que había cerca. Quizá era la intensidad de la conversación y la calma del agua, estábamos ahí sentados sin apenas contacto, pero lo volví a sentir.

Hambre. Y sí, también sentí algo por él. Me alejé ligeramente porque me había dado cuenta. Ya habíamos hecho una ruta turística por esta parte de Barcelona. El metro estaba cerca, pero nos llevaría un rato llegar a los otros sitios turísticos. Además, era muy temprano y yo tenía hambre. Todo esto iba a culminar en un momento, cuando nos miramos fijamente y yo sabía que no había escapatoria. Literalmente, él me estaba mirando y podía ver en su cara que se sentía igual que yo. Se me pasaban miles de cosas por la cabeza, pero me quedaba con lo más pertinente en ese momento.

Comida. Decidimos poner la situación en pausa e ir al Airbnb a comer lo que nos había sobrado del día. La vuelta a casa fue civilizada, mantuvimos distancias y le invité a comer algo. Mi amiga estaba dormida e intentamos no hacer ruido, estábamos recalentando la comida y la situación era tan divertida. Al final lo conseguimos y nos reímos, mientras comíamos. En cierto momento, nos dimos cuenta de que era demasiado tarde o temprano. Ambos teníamos unos días llenos de actividad.

Le acompañé hasta la puerta. Pero antes de irse, me dijo: “en realidad, te había traído un regalo” y sacó del bolsillo uno de los bolis. Era un bolígrafo morado. Sonreí y dije: “Por eso llevabas dos, ¡gracias!”, cogí el bolígrafo y le vi bajar las escaleras. Era un bolígrafo del aeropuerto de Sevilla, desde donde voló para venir a Barcelona. Más tarde me dijo que estaba decepcionado, porque el bolígrafo no escribía en morado y sabía que el morado era mi color favorito.

Y yo también estaba un poco decepcionada porque se iba a Sevilla y con el tiempo, volvería a los Estados Unidos.


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