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Responsabilidad del erasmus.

Publicado por Ainhoa A — hace 2 meses

Blog: Delirios del erasmus.
Etiquetas: General

Un día te vas a encontrar despidiéndote de tus padres en el aeropuerto de la ciudad desde la que partes, quizás un poco triste por lo que dejas atrás, quizás muy feliz porque sabes que eso que dejas seguirá estando allí cuando vuelvas y prefieres centrarte en lo enriquecedora que será para ti la experiencia que vas a vivir. O quizás sientes una mezcla de ambas cosas, es normal.

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Date un par de semanas. Un par de semanas para instalarte en condiciones, comprar todo lo que tengas que comprar y sentir que el lugar donde estás viviendo va a ser realmente tu segunda casa. Un par de semanas en las que no te preocuparás por nada más allá de conocer gente, pensar en qué hacer para ir a clase durmiendo tres horas por tener una fiesta la noche anterior y visitar todos los puntos que puedas de la ciudad. Durante ese par de semanas es posible que incluso te olvides de que dejar atrás a todos los que se han quedado en tu ciudad de origen no significa que no puedas tenerles al tanto de cómo estás.

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Pero todo cambiará después de esas dos semanas, cuando te hayas hecho a la idea de que estás solo, y tu vida no puede basarse en no preocuparte. Igual no te das cuenta hasta que tu cambio se ha producido por completo, o igual te das cuenta de que estás cambiando progresivamente. Quizás te sorprendes de ti mismo para bien o quizás lo haces para mal, pero eso ya depende únicamente de ti.

Es posible que las cosas empiecen a cambiar cuando te das cuenta de que tienes que usar tu nueva tarjeta de crédito para comprar cosas necesarias para la casa cuando vayas a IKEA. Una cortina de baño, un antifaz como el que menciono en la mitad de mis entradas, una alfombrilla para la ducha o un mini horno que se vuelven más indispensables que la cerveza del viernes. Cualquier detalle puede hacer que te pongas a pensar en que las cosas durante los próximos meses no van a funcionar como hasta ahora.

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Quizás, en lugar de eso, todo empieza a cambiar cuando te das cuenta de que tienes que hacer la primera limpieza de la casa, probablemente a las dos semanas después de haber llegado a tu residencia. Compras estropajos, trapos, fairy y otros productos para limpiar la cocina y el baño. Es posible que sea la primera vez que lo haces, así que es también es posible que no tengas ni idea de qué productos comprar y acabes comprando los más baratos que pilles.

Es posible que empieces a querer tener muy ordenada la casa y que cuando veas que el escritorio está hasta arriba de cosas te digas que basta, que hay que poner orden. Es posible que le digas a la gente que empieza a pasarse por tu cuarto para cenar que cuidadito con la moqueta, que después no se va a limpiar sola, y que todo lo de la cocina que se usa, tiene que acabar bien fregado.

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Que aunque te vieses incapaz, creas tus propias normas y un estilo de vida que poco tenía que ver con el que llevabas en tu ciudad. Normas entre las que se encuentra levantarse todos los domingos por la mañana para ponerte a pasar la aspiradora y limpiar el baño como si fuese una rutina que tuviésemos que cumplir a un horario si no quieres morir entre mierda, o salir a comprar el día en el que bajan los precios de los productos que van a caducar para llevarte las mejores ofertas.

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Sales a poner la lavadora como si fuese una aventura, haga sol, llueva, nieve, granice o truene, sin importar si estás en pijama, con resaca o simplemente prefieres seguir viendo tu serie favorita. Y por supuesto, haces un drama de cualquier tontería a la que tengas que adaptarte cuando ya has encontrado tu propio sitio en esta nueva ciudad, como a no poder tender tus bragas favoritas sin que se las acabe llevando el viento.

Pero aun así te das cuenta de que estás siendo feliz. Puede que eches de menos el cariño de tus seres queridos, la comida casera de toda la vida o un buen sofá en el que tumbarte cuando llegas de clase para no tener que tumbarte en la cama. Puede que a veces incluso necesites ratos solo que probablemente no vayas a tener nunca, puede que pienses que ojalá algunas personas estuviesen viviendo lo que estás viviendo contigo en ese momento.

Y sin duda, durante el tiempo que pasas pensando en todo eso seguro que aprendes cosas sobre ti que jamás te habías planteado hasta entonces, como que a pesar de no haber cocinado albóndigas jamás, las tuyas no tienen nada que envidiarle a esas de tu abuela que tanto echabas de menos. Que deberías ir dos veces en un solo día al supermercado porque se te ha olvidado comprar algo y en vez de pensar que no es tan importante como para volver, tú vuelves. Que por mucho que prefiera comer patatas fritas con queso fundido todos los días, también hay que comer brócoli, coliflor y lentejas.

Y por fin sientes que estás donde tienes que estar, en cuerpo, alma y un corazón que se hace más grande cada minuto, día y mes que pasas rodeada de gente nueva que de pronto es familia, de responsabilidades que te hacen vivir mejor sin ni siquiera darte cuenta, de experiencias nuevas que aumentan cada día.

Comprendes, entonces, que un erasmus también es crecer a base de responsabilidades, y que a veces lo de comerte el mundo es algo secundario, porque primero tienes que hacerte la comida del día siguiente, meterla en un tupper y dejar que se enfríe antes de meterla en el frigorífico.

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