Cómo sobreviví a Estocolmo en tres días (Parte 2)

Publicado por flag- Julen Diez — hace 4 años

Blog: Las dos caras de Suecia
Etiquetas: flag-se Blog Erasmus Estocolmo, Estocolmo, Suecia

Después de haber visitado la isla de Djurgarden, teníamos previsto ver aproximadamente siete estaciones de metro en hora y media que duraba la validez del billete, así que lo planeamos de nuestra mejor manera y le sacamos provecho a cada minuto que teníamos.

Nuestra estación de metro de partida fue Kungsträdgården, el cual era un parque del centro de la ciudad llena de bares y cerezos a su alrededor y una fuente-lago larguirucha en medio con chorros de agua.

Entramos a su parada de metro y ahí nos dimos cuenta que habíamos hecho muy bien en entrar ahí:

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Sí, esto era lo que os quería enseñar. El metro de Estocolmo es muy famoso por todo el mundo por el hecho de que muchas estaciones están pintadas como si fueran cuevas o galerías de arte, y en efecto, son galerías de arte, y de los más grandes.

No sé cuántas habrá pintadas, pero nosotros vimos las más famosas y las más bonitas de todas.

Y pues eso. Vimos la primera parada, que estaba llena de esculturas griegas, pilares y un techo de color verde, y en el momento que llegó el primer metro para ir a nuestra siguiente parada, cogimos nuestras cosas y rápidamente entramos al metro, uno muy vintage y encantador, por cierto.

Llegamos a la segunda, que era el T-Centralen, la principal y la más bonita que nos encontraríamos:

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Aquella parada pintada de azul y blanco con dibujos de hojas, como si fueran plantas fosilizadas, en el techo y con sus detallitos me dejaron embobado, como a un niño.

No dejaba de mirar, de mirar a todos los lados. Era una maravilla, sin duda. Me saqué fotos, muchas fotos, en medio de la estación, sin preocuparme por la avalancha de gente que pasaba. Era impresionante y lo tenía que guardar en mi galería de fotos.

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En esa estación nos quedamos bastante tiempo, por lo menos dejamos pasar a tres metros. Entramos en la cuarta, que no era la misma que la primera, esta era más moderna.

Qué decepción. ¡Y yo pensando que todos serían como la primera!

Un minuto después de entrar al metro salimos en la parada de Rådhuset, otra maravilla más. Esta estación era una cueva de color marrón, pero marrón que destacaba. Me recordó a las Cuevas de Altamira, pero sin los dibujos de animales.

Todo parecía un auténtico sueño.

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Desgraciadamente, solo vimos la parte que aparece arriba en las fotos y no la principal, donde la cueva era más grande y había un pilar gigantesco simulando que sostenía la estación de metro.

Andábamos justos de tiempo, así que solo pudimos ver aquella parte no tan impresionante como la principal antes de que el metro llegara en tres minutos. Sin embargo, seguía siendo muy cautivador y precioso.

Cogimos el siguiente metro y paramos en Fridhemsplan, una estación de metro de color gris y verde que no me llamó nada la atención, no tenía nada especial.

Solamente una maqueta de un barco metido en una caja de cristal. Pero, ¡Oye!, uno más.

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Västra Skogen tampoco tenía nada especial, solamente mosaicos y mosaicos. Cuadrados o con formas de animales, pero mosaicos.

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Y ahora sí que sí, llegamos a la última parada que teníamos por ver en la línea azul: Solna Centrum

Y éste era otro mundo:

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Una galería de arte completamente roja con dibujos verdes representando en bosque sueco y su fauna: alces, osos, etc.

Nos fuimos muy arriba de la ciudad para poder ver esa estación, pero mereció la pena, y mucho, además.

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Nos tomamos un pequeño descanso mientras asimilábamos aquel caos de arte y volvimos en metro hasta la T-Centralen para subirnos en la línea roja para ver tres nuevas estaciones en media hora. O quizás un cuarto de hora.

Llegamos a Stadion, la estación del arcoíris:

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Una estación de color azul claro y limpio, y un arcoíris muy vivo y de colores fuertes que medía como la anchura de los dos andenes juntos. Era como si estuviéramos mirando al cielo, y creo que los autores de estas obras querían transmitir y conseguir eso mismo, querían lograr ese objetivo.

Subimos una parada más y nos bajamos en la última parada que teníamos para ver en aquel viaje: el Tekniska Högskolan.

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Era otra de las estaciones más conocidas de Estocolmo, y parecía haber sido pintado con acuarelas de tonos oscuros como el gris y el negro.

En medio de la parada había una jaula que representaba una bola de plasma, o así es cómo lo interpreté yo.

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Lo que sí pude confirmar fue que aquella última parada no dejó indiferente a ninguno de nosotros, era maravilloso.

Para seguir con la visita por la ciudad, decidimos bajar hasta otra de las islas mayores de Estocolmo: Södermalm. Pero estábamos muy lejos de aquel barrio, así que no tuvimos más remedio que coger otro metro y bajar en Zinkensdamm, una estación bastante lejana a la que estábamos.

Södermalm era el barrio donde la mayoría de los ciudadanos vivía. En su fachada visible desde el Gamla Stan estaban los edificios más elegantes, y, por lo tanto, los más exclusivos y caros. Después, al adentrarse en la zona, se podían ver las casas más habituales y menos caras.

Ya eran las siete de la tarde y teníamos mucha sed, así que comenzamos a callejear y después de varias vueltas encontramos un bar muy apetecible: Barrels Burgers & Beer.

El negocio estaba muy bien decorado, amplio y limpio, y servían una gran variedad de bebidas. Yo pedí limonada de frambuesa y, por sorpresa mía, me lo prepararon con trozos de fresa y mucho hielo.

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Y en este bar tuvimos dos sorpresas:

La primera: la camarera hablaba español. Nos impresionó mucho ya que hasta el momento solo escuchamos el español en las conversaciones de algunos turistas.

La segunda: el cuarto de baño. Pero ni os lo imagináis:

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Fue entrar y enamorarme, caerme rendido. Un cuarto iluminado con cinco bombillas de estilo vintage, una música pop de los años 90 puesta, dos grandes espejos a los lados y una planta sumamente frondosa, llenando el baño con mucha vida. 

Era un espacio muy acogedor y reconfortante, con una luz muy suave y lo suficientemente fuerte como para descansar los ojos. 

Personalmente, yo me quedaría ahí durante horas y horas, incluso todo el día con el fin de desconectar, no para hacer mis necesidades.

Pero igualmente fue todo un placer hacerlos.

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Salí del cuarto de baño, pagamos y salimos en busca de rincones desconocidos y a su vez encantadores de aquella parte de Estocolmo.

Nos dirigimos hacia el oeste en busca de unas casas de colores que aparecían en nuestro guía, pero no encontrábamos más que casas modernas.

Ya cuando nos fuimos demasiado al oeste, nos enteramos de que el lugar que estábamos buscando estaba al este de la isla, en Katarina-Sofia. Es decir, al otro lado. Y dijimos que no. Nos negamos a ir hasta el otro lado, no teníamos tanto tiempo de sobra.

Buscamos otra alternativa para conocer un poco el barrio e intentamos encontrar una discoteca muy famosa de la ciudad cuyo nombre no me acuerdo, aunque si el nombre del que finalmente fuimos, pero eso ya lo revelaré más tarde.

La discoteca tampoco era tan fácil de encontrarla debido a la largura de las calles, pero a pesar de haber recorrido la calle entera y finalmente haberla encontrado, fuimos conscientes de que tenía un timbre para entrar, y nos echamos totalmente para atrás. Por lo menos diez metros.

Ya se nos habían ido las ganas de marcha, pero casi al instante nos vinieron las de cenar Investigamos un poco la zona y descubrimos que calles más abajo se encontraba So-Fo, un barrio muy famoso por sus tiendas vintage y restaurantes de todo tipo, así que no dudamos en irnos y descubrirlo con nuestros propios ojos.

Al principio todo era bastante tranquilo, el primer tramo estaba cerrado para los coches y todo se había llenado de terrazas de bares, gente paseando y bicicletas, era un sitio bastante tranquilo.

Pero ya cuando lo habíamos dejado atrás, tuvimos la sensación de que las siguientes serían todo lo contrario a lo que nos hizo pensar: coches, tráfico, gente con prisa, con compras en la mano, con patinetes, con perros, cuadrillas, etc.

Todo estaba hasta arriba, a punto de estallar. No quisimos complicarnos mucho y nos metimos en la primera calle del So-Fo para poder dar en el clavo con un restaurante bastante moderno: Bistro Bananas.

Estaba situado cerca del centro del barrio con una decoración muy retro, luz tenue y lámparas neón por todo el bar. El restaurante estaba lleno, pero después de esperar quince minutos ya teníamos mesa. La verdad es que tan poca luz nos afectaba, pero a mí me interesaba la propuesta y la idea que tuvieron, y no me molestó para nada. Eso sí, para mirar el menú tuve que utilizar la linterna del teléfono.

Pedimos unas pizzas y helados, y todo estaba riquísimo, sobre todo la pizza cuatro estaciones. Y tampoco es que nos saliera caro, fue bastante asequible. Y así terminó el segundo día, en un restaurante lleno de sorpresas y emociones.

El tercer día decidimos dar un paseo en barco por el archipiélago de Estocolmo. Ya habíamos cogido los billetes el día anterior debido a la alta demanda y al miedo de quedarnos sin ellas.

La vendedora nos había avisado de que estuviéramos una hora antes en el muelle, pero nos la jugamos y fuimos media hora antes. La razón fue que hicimos una pequeña visita al Ayuntamiento de Estocolmo, un edificio colosal con un patio interior lleno de paredes con hiedra y turistas, muchos turistas.

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No teníamos tiempo para entrar dentro y ver todos los cuartos que enseñaba el guía, pero pudimos ver sus fachadas y le patio interior, que solo con eso nos quedamos satisfechos.

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Salimos del ayuntamiento y nos aceramos al balcón que daba al mar, al canal de la ciudad. Ésta estaba llena de gente, más que dentro del ayuntamiento, y esto fue un gran problema ya que nos queríamos sacar fotos y no conseguíamos sacar ninguna con tanta gente alrededor. Pero lo hicimos: 

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Contemplamos las vistas y salimos de aquella zona para ir corriendo hasta el muelle, que no es que estuviera cerca, no. Teníamos que caminar al menos veinte minutos, y no estábamos seguros de si llegaríamos o no a la hora.

Por suerte lo hicimos, pero con una gran cola, y ya nos lo habían avisado.

Entramos e intentamos encontrar sitio. Había de todo tipo: estilo restaurante, estilo bar, estilo cafetería, estilo barco-guía y luego el estilo que escogimos. Unas sillas de metal en la proa del barco. Eran unas vistas maravillosas, y no había mucha gente.

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El barco zarpó y el guía empezó con los principales lugares turísticos de la ciudad, como el parque de atracciones o la isla del museo moderno, el cual ya lo mencionaré más adelante:

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El barco siguió hacia adelante y llegamos al parque de Djugarden, el parque del restaurante-invernadero y el de los museos. Luego se alejó de la isla y todo lo demás era las afueras de la ciudad, su lado izquierdo lleno de casas modernas y, su lado derecho, lleno de caseríos y chalets de lujo.

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Nos alejábamos cada vez más de la ciudad y cada vez veíamos menos edificios, menos rascacielos y parecidos. Los terrenos se reducían a chalets y casas sueltas, caseríos, fábricas, etc.

Y llegó un momento donde ya no se veía ningún rastro del ser humano, solamente naturaleza. Pura y dura. Islas vírgenes llenas de pinos y cantos de pájaros. Y alguna vez aparecía algún caserío, pero ya está.

Pronto nos acercamos a pequeños pueblos de las islas, pueblos que en el invierno se vacían y en verano se llenan de suecos y extranjeros, de niños saltando al mar y perros dando vueltas.

Y sus casas eran una maravilla. Unas muy modernas, blancas con grandes ventanas, y otras más tradicionales pero con colores muy atrayentes, la mayoría eran rojas, rojo fuerte.

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Y cada uno tenía su muellecito de madera y un jardín con algún cenador o terraza de cristal estilo siglo XX. Me quedé con las ganas de bajarme en esos muelles y descubrir esas islas tan maravillosas y mágicas. 

Parecían ser sacados de un cuento. Una de las islas que más me cautivó se llamaba Tegelön.

Dimos vueltas y vueltas, pasando por múltiples islas y entrando y saliendo de pasadizos de ensueño, pasadizos de naturaleza virgen y aire sin contaminación.

Mar sin olas, pinos sin incendios, brisa llena de oxígeno, villas silenciosas y solamente el ruido del agua contra el barco.

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Me quedaría a vivir en aquellas islas, sin dudarlo. Era maravilloso, fue una oportunidad grandísima para conocer el Edén del norte. 

Cosas así solo se ven una vez en la vida. Y me encantó verlo. Poco a poco retrocedíamos y volvíamos a Estocolmo, así que aproveché para sacar muchas fotos, suficientes fotos.

Pero la vuelta fue diferente. Las islas estaban más lejos y el barco se había colocado en medio del ancho canal, por donde absolutamente todo se veía pequeñito.

Y, con un bocadillo de la cafetería del barco, la música puesta por el mismo y con el sol sin nubes en el cielo pero con el suave viento compensando el calor, me quedé dormido.

Me quedé dormido hasta entrar a la ciudad, que es donde me desperté y me levanté. Un cuarto de hora más tarde llegamos a tierra y nos bajamos en el muelle.

Desde ahí fuimos seguidos al Moderna Museet, un museo de arte situado en la isla de Skeppsholmen, a un cuarto de hora caminando desde el muelle.

Era una isla llena de árboles y mucha naturaleza, pero también con muchos edificios, alrededor de tres museos en total y una biblioteca pública. Más adelante se encontraba la isla de Kastellholmen, pequeña pero importante y muy turística, que estaba unida con un puente, como casi todas las islas de ahí.

Aquella isla era famosa por su castillo pequeño pero de un color rosa muy atractivo: el Kastellet Stockholm. Pero desafortunadamente no tuvimos tiempo de verlo. Así que solo nos limitamos a ver el Museo de Arte Moderno.

Entramos y pagamos la entrada, que era muy económica. Una cosa muy curiosa del museo que lo presenciamos nada más entrar fue que era obligatorio llevar la mochila por delante, nunca en tu espalda. Supongo que sería por motivos de seguridad.

Mi primer prejuicio sobre el museo fue que sería muy sofisticado, muy elegante y muy de alto nivel, pero no fue aquella mi impresión cuando lo vi:

Lo primero que vi fue una cabra disecada con la cara pintada y un neumático enganchado en la barriga, fue algo que me dejó helado, y por un momento pensé si me había equivocado de museo, pero no, era el de arte: había cuadros alrededor.

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Los cuadros no eran nada del otro mundo, excepto algunos, que eran demasiado para mí: tan básicos que algunos solamente eran cuadros vacíos con bordes negros o figuras geométricas de colores, me estaba empezando a decepcionar.

Y la decepción seguía, al menos para mí, porque yo no veía arte en nada. En cambio, había mucha gente que manifestaba una expresión facial de interés por aquellas obras. Les aplaudo por entender aquello, yo no fui capaz y sigo sin serlo.

Seguimos la visita con una ventana real que daba a los árboles de afuera, una tela rosa siendo ondeada por un ventilador, una pecera con el cristal sucio, un urinario tumbado, un GIF de una estatua con un fondo gris moviéndose y unas vitrinas llenas de comida.

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"Cuando termine la exposición me las podéis dar a mí, si queréis. Gracias".

Pero no todo fue así, también había cosas interesantes, cosas que valían la pena y una mínima atención por mi parte.

Salimos después de hora y media dentro y nos dirigimos al hotel, a una media hora. Dejamos las cosas y yo fui corriendo al famosísimo bar-restaurante Hard Rock Café

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Es un bar muy conocido por todo el mundo por sus hamburguesas, por sus influencias y, sobre todo entre los jóvenes, por su tienda de ropa, y a eso fui.

Estaba impaciente por comprarme una sudadera porque me parecían preciosas y no en todas las ciudades están estos bares específicos. En España poco más de Madrid, Barcelona, Ibiza y Tenerife. 

Y por fin me lo compré, me hizo mucha ilusión tenerlo y llevármelo puesto. Volví al hotel a dejar la sudadera y seguidamente bajamos para ir al tan querido Gamla Stan para cenar por última vez.

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Estuvimos viendo y comparando restaurantes por toda la calle de Österlånggatan, pero al final nos decantamos por el primero que habíamos visto: Magnus Ladulås.

Un restaurante muy agradable para comer con un menú muy variado y con muchos platos franceses, además de unos camareros muy atentos y amables y un verde oscuro muy acogedor en su fachada.

Yo había pedido albóndigas suecas, pero esas fueron las de menos: el plato no tenía solo albóndigas, sino también puré de patatas, frutos secos y mil historias más. Estaban muy bien acompañados, les daban un sabor impresionante.

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Y de postre pedí una crème brûlée, el cual era una crema con una capa de caramelo por encima, además de una especie de azúcar, fresas y un alquequenjes. Junto a la crema, me habían traído una taza entera de frutos del bosque y su salsita para poder echarlo a la crema, y os puedo asegurar de que aquello fue el séptimo cielo.

Fue una velada inolvidable, y una ultima cena que todavía no la consigo quitar de la cabeza.

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Cuando ya habíamos terminado con la cena eran todavía las diez de la noche, así que pensamos en adentrarnos un poco más al casco viejo y volver a visitar el famosísimo lugar, y mi favorito de toda la ciudad, el Strortorget. Pero esta vez de noche, con poca luz y menos turistas, pero igual de bello, y esta vez incluso más con la luz de la luna brillando y no con la del sol.

En aquel momento no teníamos que poner una mano en la frente para esquivar la luz de día, esta vez no teníamos que esperar a que los turistas se apartaran para poder sacarnos una foto con las coloridas casas, esta vez no teníamos que estar preocupados por ver por dónde pisábamos con el miedo de chocarnos con alguien.

Esta vez era diferente, y con eso me quedé.

La noche lo embellecía más todavía, y no podía quitar los ojos de ningún lado, todo era para comérselo con patatas y mucha envidia. Sacamos fotos, aunque no con la mejor calidad del mundo, porque el flash fastidió bastante, y salimos del casco viejo por última vez. Nos dio mucha pena.

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Y nada, eso fue lo que íbamos a hacer en toda la noche, esa esperanza teníamos, pero algo cambió nuestra opinión: un bar de ambiente. Mientras íbamos para casa, nos encontramos con este pequeño local lleno de música y rayos de colores por todos los lados: el Vodkabaren. Pero no os creáis que fuese algo espectacular, algo brutal, más bien algo muy minimalista:

En el letrero del bar ponía: Vodkabaren, el nightclub más pequeño de Estocolmo, donde el tamaño no importa.

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En el bar no había nadie, solamente la camarera e incluso ella estaba fuera, fumando. Nosotros no le dimos importancia al ambiente fantasma y entramos igualmente, con toda la valentía del mundo.

Al principio dijimos que eso no podía ser el bar entero, y luego vimos que al fondo había unas escaleras que llevaban a otro salón abajo, y se nos abrieron los ojos.

Bajamos las escaleras en fila, con la esperanza de encontrar a gente bailando y bebiendo y gozando de la música mainstream sueca, pero lo que nos topamos no cumplía ninguna de nuestras expectativas, ni siquiera la primera: la de haber un salón.

Porque eran los baños.

Y nos empezamos a reír por no llorar en nuestra vergüenza. Nos pasamos varios minutos asimilándolo y volvimos a subir con la cara de “aquí no ha pasado nada” y pasar desapercibidos, pero no pudimos hacerlo.

La camarera nos miraba con mucha alegría y con cara de “ya sé lo que os ha pasado, no os avergoncéis”. Y nos reímos todos juntos. Sin embargo, la experiencia en aquel bar no fue mala, al contrario. Lo pasamos verdaderamente bien.

Pedimos unas bebidas, pedimos música, nos la pusieron, bailamos a nuestra bola, sin nadie que nos estuviera mirando, cantábamos junto con la camarera, etc. Fue una anécdota increíble, nunca supe que me lo pasaría tan bien en un bar con personas que no fueran de mi edad.

Era la esencia real del verano, de un verano a la noche de fiesta, de un viaje de fin de curso. Y así terminó todo, con bailes y gritos de alegría en un bar vacío pero lleno para nosotros.

Estuvimos muy contentos y muy satisfechos por aquel día y por aquella última noche en Suecia, de verdad que no nos había defraudado en ningún otro aspecto.

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Y sí, volvería.


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