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Mi primera experiencia en un mercado turco

Caminaba despacio, dubitativa. Todo era muy diferente para mí y no estaba segura de qué hacer. De qué buscar. De a dónde ir. Mis ojos buscaban a mi alrededor esperando no parecer demasiado perdida pero sabiendo a la vez que así era precisamente como estaba.

Investigué un pasillo lleno de cajas de galletas, bollería y saladitos. No sabía dónde ubicar en ese pasillo la sección de las cajas de cereales y las barritas de muesli. Había una sección de frutas y verduras, con un hombre llamando y colocando etiquetas a todas las bolsas según elegían los productos. Y había apiladas por todas partes un montón de botes, tarros y latas de una especie de salsa de tomate. Y pepinillos. Pero no el tipo de pepinillos a los que estaba acostumbrada, con su tallo y en la salsita típica de pepinillos sino en tarros y acompañado de otras verduras y taquitos de pimiento. Hacia el final del mercado estaba la sección del pan, con un mueble transparente lleno de barras de pan recién horneadas. Tras recorrer los pasillos por un rato, maravillada, me encontré con una estantería llena de botes de Nutella. Y entonces me asaltó una pregunta: ¿dónde está la crema de cacahuete?

Esto fue en uno de mis primeros días como estudiante de intercambio en Turquía. Me quedé sola ese día porque mis amigos y mi compañera de piso turca estaban trabajando. Además, todavía faltaban unos días para las jornadas de orientación y quedaban un par de días de no hacer nada hasta que empezaran las clases. Me paseé por el barrio, intentando no perderme (había tantos edificios, ¿cómo me iba a acordar de cuál sería el mío? ). Pero mi despensa estaba vacía. Tenía que comprar comida.

Pero, ¿qué comprar? Todos los productos de este mercado me parecían muy extraños. No solo por los nombres sino también por el tipo de comida que había. En Estados Unidos, incluso si no estaba buscando algo en particular, sabía llegar a coger una bolsa de pasta, un tarro de salsa para espaguetis, crema de cacahuete y mermelada, además de una barra de pan ya cortado a rodajas, las barritas de muesli, otra caja de cereales y, por supuesto, el cartón de leche. Pero es que ¿dónde estaba la leche?

Mi primera experiencia en un mercado turco

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Me llevó varias semanas acstumbrarme a caminar por los pasillos de los mercados turcos. Al tiempo me di cuenta de que la leche venía en cartones y de que estaban a temperatura ambiente, no como en EEUU. También que los cereales venían en varios sabores, que se vendían en bolsas de plástico y que podía encontar muesli o comprar avena para hacer mi propio muesli si quería. ¿Y la cosa esa de tomate? Era salsa, que pronto empecé a saber cómo usar y que de hecho añadí a mi receta de bulgur (otro ingrediente nuevo para mí). Y por fin encontré la crema de cacahuete, aunque era muy cara y aprendí a guardarla para ocasiones especiales (o bajones inesperados de echar de menos mi hogar).

Aprender a cocinar y a comer en un país diferente es una aventura total. A veces, si los productos o alimentos son muy distintos a lo que normalmente ves, puede ser difícil saber por dónde empezar a comprar. Por suerte, pude sobrevivir con la comida de la cafetería en la universidad hasta que me familiaricé con la cocina turca. Por otra parte, mis amigos turcos me ayudaron a conocer los ingredientes típicos y para qué se podían usar. Pronto me sorprendería a mí misma comprando kefir, muesli y fruta para el desayuno y experimentando en la cocina mis noches libres juntando verduras aleatorias con huevos revueltos. Además aprendí la receta del bulgur turco, que se sirve con yogur, pan y esos pepinillos de los que os hablé (los turşu).

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Ahora soy una profesional de las compras en los mercados turcos y he aprendido a cocinar con los ingredientes de aquí. Por ejemplo, la sopa de verduras casera y el pan vegano de plátano. Aún así a veces sigo yendo a los mercados internacionales, como Migros o Carrefour, para poder preparar mis platos de siempre. Y porque, bueno, ya sabéis, la crema de cacahuetes es indispensable.

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