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Burdeos en 24 horas

Publicado por Julen Diez — hace 5 días

Blog: Francia sureña
Etiquetas: Blog Erasmus Burdeos, Burdeos, Francia

En nuestra estancia en las Landas vimos que teníamos días vacíos, sin nada que hacer, así que hablamos sobre visitar Burdeos por un dia, que estaba a hora y media de nuestro pueblo: Vieux-Boucau-Les-Bains.

Así que cogimos el coche y un lunes soleado fuimos para la aglomeración, pero no nos dimos cuenta que aquel día no sería solamente soleado, sino también caluroso, muy caluroso. Pero nos fuimos a la aventura.

Burdeos era bastante complicado, bastante laberíntico. Antes de entrar a la ciudad pasamos por varios pueblos que pensábamos que eran todos la misma, pero no. 

Y llegamos a la ciudad, ciudad. Aparcamos bastante cerca del centro, justo al lado de La Plaza de la República. Al principio estábamos muy desorientados, porque no sabíamos ni donde estábamos ni a donde teníamos que ir, y cuando lo supimos, no sabíamos en qué dirección estábamos, y nos costó descrifrar el mapa.

Rápidamente nos dimos cuenta de que los sitios estaban muy cerca entre si, ya que ni siquiera habíamos caminado cinco minutos y ya habíamos visto el Tribunal de Grande Instance y el Château du Hâ.

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Y poco más tuvimos que caminar para llegar a la Catedral. Era gigantesca, me recordó mucho a la Catedral de Chartres, y al lado estaba el ayuntamiento, con una plaza que los enlazaba llena de gente y vivacidad.

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Avanzamos un poco y ya nos habíamos metido en el casco viejo, calles llenas de olor a historia y cultura. Las casas eran antiguas pero tenían un atractivo que no sabría explicar. Había muchos restaurantes, bares y tiendas por aquellas calles y las plazas que se conectaban con ellos. Nunca te morirías de sed en Burdeos, y menos con los treinta grados que estábamos aguantando.

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Salimos de las calles y pasamos por debajo de la Puerta de Cailhau, un monumento muy famoso en Burdeos y el cual tenía un estilo gótico que me recordaba a una torre de algún castillo perdido por los Cárpatos. Y era más grande de lo que me imaginaba.

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Contemplamos la puerta, y al girarnos, vimos el  río Garona, un río colosal, al menos lo es si lo comparamos con el de mi ciudad.

Vimos que al otro lado del río había más casas, y estábamos seguros de que algo encontraríamos, así que caminamos hasta llegar al Pont de Pierre y lo cruzamos para llegar a aquella zona: La Bastide.

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Lo primero en lo que nos fijamos cuando pisamos La Bastide es que no la mayoría de las casas no tenían nada que ver con las del otro lado del río, ya que o estaban mas sucias y mas viejas, o eran modernas, por así decirlo. 

Desde el primer instante nos dimos cuenta de que no encontraríamos nada para poder visitar, pero gracias a un mapa tuvimos la oportunidad de conocer un jardín botánico ubicado ahí.

Además, según internet el jardín parecía bastante grande y tenía pinta de ser bonito, así que no dudamos en echarle un vistazo.

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Llegamos a la entrada del jardín, y lo primero que vimos fue el bar del jardín cerrado y un grupo de niños jugando con las fuentes. 

La primera impresión, obviamente, no fue la mejor, pero no solo por los niños, sino por el parque en sí: no había plantas especiales, no había casi árboles y la mayoría del espacio era césped. Pero no nos rendimos y le dimos una segunda oportunidad explorándolo más adentro.

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A medida que íbamos metiéndonos, tuvimos la sensación de que el jardín no tendría ningún parecido a lo que nos esperábamos, ya sea por su tamaño o sea por su contenido.

Estaba dividido en cuatro zonas, y la primera era el de los niños. La segunda era la zona de las parcelas (algunas vacías y llenas de agua sucia) con verduras y otras plantas como los girasoles. No era el tipo de flora que nos interesaba, eramos de una provincia llena de huertas, y no nos parecía algo fascinante para parar a verlo. 

Pero tenía algo bueno, al fin de al cabo: tenía manzanos suficientemente adultos como para poder comer sentarnos tranquilos debajo de ellos, dándonos una sombra que tanto agradecíamos.

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Comimos y fuimos a la tercera zona, que estaba muy cerca de la segunda, y la segunda también estaba cerca de la primera. En ese momento confirmamos que el tamaño real no era la que esperábamos cuando vimos las fotos en el teléfono móvil.

La tercera zona constaba de cuatro grandes rocas que mostraban las capas geológicas de aquella zona de Francia, una zona llena de playas, dunas y la flora correspondiente a ella. Las rocas tenían sus respecticas plantas encima de ellas, pero solo eran cuatro rocas, que tampoco me lo esperaba.

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Y finalmente nos paramos en la zona cuatro del jardín: el jardín acuático. Era un lago cuyo fondo no se veía y con sus alrededores llenos de nenúfares, plantas acuáticas y libélulas con pequeños caminitos para poder verlos de cerca-.

Creo y afirmo que eso fue lo único del parque que, entre comillas, merecía la pena verlo. Fue un paseo muy agradable, aunque la temperatura no ayudara mucho.

Sin embargo, tuvimos un buen descanso y pudimos comer y descansar con tranquilidad y con una buena sombra.

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Salimos del jardín y decidimos cruzar de nuevo el puente, pasando primero por algún bar para tomar algo. Hacía tanto calor que tuvimos que abrir un paraguas para protegernos del sol e ir por las sombras de las casas.

Por fin llegamos a un bar y pudimos tomar algo que nos refrescara, y así sí estuvimos preparados para volver al centro de Burdeos. 

Y lo que pasó a continuación fue todo un milagro: mientras cruzábamos el puente para volver a la Puerta de Cailhau, vimos a lo lejos un palacio con una plaza delante llena de gente y agua, una plaza de agua. Se no llenaron los ojos de sed, no pudimos resistirnos y aceleramos nuestra marcha para llegar lo antes posible a aquel sitio.

Aunque primero pasamos por una tienda a por más bebidas. El calor era exagerado.

La plaza se llamaba Le Miroir d'eau, y era muy famosa por todo el mundo. Estaba en frente de otra plaza llamada Place de la Bourse, que lo completaban el Musée national des Douanes y el Bordeaux Palais de la Bourse. Sinceramente, era lo mejor que habíamos visto hasta el momento, y el miroir d'eau era todo un alivio para nuestros pies.

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Había muchos turistas que se habían acercado a aquella zona de agua para descalzarse y refrescarse. Los niños corrian y se tumbaban y jugaban con el agua, los jóvenes se sacaban fotos, las parejas daban vueltas agarradas de la mano y los mayores disfrutaban viendo cómo los niños jugaban.

Nosotros también queríamos disfrutar de aquello, y nos descalzamos para entrar. El suelo ardía, ardía que no veas. Ya teníamos más ganas para mojarnos los pies, más de lo actual.

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Sí, pocos milímetros de agua nos salvaron del bochorno. Era algo muy minimalista, por así decirlo, ya que era poca cantidad de agua, pero a la vez algo tan necesario para un día de calor como aquel.

Pero no solo eso, ya que la duración del agua sobre aquella plaza tenía un límite de tiempo y luego se vaciaba. Así, segundos más tarde la plaza se llenaría de vapor y los niños correrían por aquel laberinto de humo.

Fue algo espectacular.

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Cuando la plaza se vacioó de agua por segunda vez, nos pusimos las zapatillas (con mucho esfuerzo y dolor, debido al suelo abrasador) y cruzamos la carretera para pararnos en La Place de Bourse, otra de las atracciones turísticas más conocidas de Burdeos.

La plaza estaba compuesta por un museo a su lado izquierdo y un palacio a su lado derecho, los dos construidos del mismo estilo y misma simetría y una gran fuente en medio que los conectaba.

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Ya eran las cuatro de la tarde y hacía demasiado calor hasta para acercarse a la fuente y refrescarse un poco la cara y el cuello, así que nos quedamos formalitos en la sombra que daba el edificio del museo. 

Nos quedamos por un buen rato ahí hasta que nublara un poco, y cómo veíamos que no había ni una sola en el cielo, cogimos el preciado paraguas y salimos de la plaza para llegar a otra atracción turística cercana:

Monuments aux Girondins.

Pero antes que eso descubrimos los Quinconces, una arboleda perfectamente alineada con tres paradas de tranvía y dos de buses dentro.

Era algo muy curioso ya que no nos esperábamos un bosque con raíles de tranvía en medio de un Burdeos. Pero fue muy interesante.

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Más tarde nos dimos cuenta que el bosquecito era una parte de la plaza de queríamos ver, y que al otro lado también había uno similar.

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Y por fin llegamos a la plaza de Monuments aux Girondins.

Era una plaza enormemente grande y lamentablemente vacía. Muy vacía. Había una noria en la entrada de la plaza, y una fuente dedicada a los girondinos al fondo de la misma, todo lo demás era vacío total.

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La gente no paseaba por el medio de la plaza debido a lo que tantas veces he mencionado en este artículo, y caminaban por las esquinas, donde se encontraban los árboles, así que hicimos lo mismo para poder ir de la noria a la fuente.

Cuando llegamos a la fuente nos acercamos bastante para poder mojarnos la cara y ya de paso sacarnos algunas fotos. Era el monumento más bonito que habíamos visto aquel día, sin contar la Puerta de Cailhau.

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Después, nos recorrimos medio casco viejo y llegamos a la plaza de la Ópera. No tenía mucho de especial aquella plaza, ya que la ópera era bastante normalita desde fuera y con un estilo monótono comparando con el de París, por ejemplo.

Pero pudimos sentarnos en un bar muy florido y descansamos bastante de toda la caminata que habíamos hecho en un solo día.

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Pagamos y seguidamente nos fuimos para el aparcamiento donde dejamos el coche, que ya era hora para volver al camping. Pero primero, atravesamos la gran vía de la ciudad.

Una calle llena de turistas, jovenes y adultos paseando, tomando un helado o dos, entrando y saliendo de tiendas de ropa bastante globalizadas y las locales, ropas de marca y de segunda mano, de zapatillas y de lencería, todo lo que la clientela exige.

Y nosotros también entramos a alguna que otra tienda, pero solo para mirar.

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Y así fue un día entero en Burdeos, una ciudad llena de cosas para ver, y todavía lo que nos quedó pendiente. Sin duda no se puede ver todo Burdeos en un solo día, pero sí lo suficiente como para enamorarse de ella.

Yo, personalmente, no tuve la oportunidad de apreciarlo de la manera en la que se merece, y la razón fue el calor.

El calor que me mataba por dentro y me pedía y me obligaba a comprar bebidas cada dos por tres y a caminar sobre sombras y sentarme en todos los sitios posibles porque era agotador.

Pero a pesar de todo esto, yo sí volvería a Burdeos. Volvería porque tiene algo especial que no lo pude ver con claridad y me muero de ganas por descubrirlo a fondo.


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