El descubrimiento de América Latina por sí misma

Buenas erasmus! Ya que les estuve hablando de los orígenes de América del Norte, con a penas 500 años a sus espaldas, he decidido informaros sobre los orígenes de América Latina, que como bien sabéis es uno de los destinos que crea mucha curiosidad en la mente del futuro visitante. Si alguno tiene la oportunidad de ir a alguno de sus territorias, se dará cuenta pronto que está en un lugar especial en todos los sentidos y que menos que ir allí sabiendo como se creó todo.

Lo primero que he de comunicaros, es que América Latina dista de ser un conjunto homogéneo, a pesar de los rasgos comunes de los países que la componen: cuanto se diga de ella como una unidad, debe recibirse con cautela; pero sería menos realista pretender que no existe una América Latina sino tantas cuantos países hay en la región. Es natural, además, que cuando nos referimos a ella obremos con la información fragmentaria que llega sobre los países hermanos, a veces más incomunicados entre sí que con el resto del mundo; pero obramos también bajo el influjo próximo de nuestras circunstancias nacionales.

La cultura de la cooperación

Los municipios y las democracias locales de la América Española y de la de hoy, forman el mejor escenario de redescubrimiento de las democracias primigenias. En ese escenario resulta fácil que nuestras almas se unan para trabajar por el fortalecimiento y revitalización de la sociedad civil; por la reanimación y el enriquecimiento de las culturas locales; por la promoción de un desarrollo capaz de reducir las plagas que amenazan la simiente humana. Tal comunidad de comunidades locales podría tener en un banco de éxitos su centro de información, hasta convertirse en la más grande región internacional consagrada a la cultura de la cooperación, concebida para crecer juntos y para ser la cara más humana y humanizadora del redescubrimiento.

Lapolis griega y lacivitas romana.

Esa democracia local fue la que trajeron consigo los europeos, tanto los españoles como los portugueses y los ingleses, la única democracia hasta entonces conocida; la de lapolisgriega y lacivitasromana reflejadas en la concepción medieval del ayuntamiento, de la plaza mayor, del señor alcalde y de los señores cabildantes, de la parroquia y de los ejidos que por tres siglos constituyeron la democracia más larga del nuevo mundo.

En efecto, en el norte fue la tradición del selfgoverment consagrada en losenglishfoundations,como en la América que se identificaría con el adjetivo sustancial de latina, bajo la vigencia y la inspiración de los fueros municipales reconocidos por los romanos: democracias desde las cuales salieron, por cierto, los gritos germinales de la independencia, primero en la América del Norte y luego en la del Sur, con la sola diferencia de que mientras los herederos de los peregrinos del Mayflower,al liberarse de la Gran Bretaña perseveraron en la democracia local para construir de abajo hacia arriba la democracia nacional y los valores que los distinguen, los latinoamericanos rompimos los lazos que nos mantenían unidos con España.

La república imperial

Lo hicimos de manera inconsulta bajo la inspiración de Francia, que nos había provisto de razones para las batallas de la independencia, primero con los aportes de los enciclopedistas y luego con los de los revolucionarios. Así dimos en la flor de tomar como modelo «la república imperial» de Bonaparte, la más centralista de las naciones europeas, al terminar el largo proceso de la emancipación. Y así caímos en la mayor alienación de nuestra historia al arrojar por la borda la vieja democracia, para cambiarla por la contradictoria utopía de la centralista, o de nuestra propia versión de un imposible «centralismo democrático».

Las consecuencias no se hicieron esperar: nos instalamos en el eje focal, para construir, de arriba abajo, las democracias, las naciones y las sociedades civiles, sofocando las fuerzas jóvenes en los excesos del centralismo, y dando lugar a los monocentrismos que han debilitado los núcleos creadores. La descentralización es, de consiguiente, el regreso del hijo pródigo tras el extravío de la alienación en las ilusiones del centralismo, tan falsas como el pensar que por ese camino podrían crearse naciones y estados vitales. Así, devolver los municipios a sus moradores es restituirles la vida misma y, con ella, el escogimiento de la construcción de su historia y su destino, reconociéndoles el derecho al presente y al futuro, y dándoles de nuevo el espacio físico y cultural para que levanten su versión concreta de la libertad.

Eclosión y disgregación

Como por un sino fatal, las que habían sido colonias de España, desde México hasta Argentina, preludiaban el desatino que ha sido su máxima desgracia: el fulanismo. Repásese la historia triste de las guerras civiles en las patrias iberoamericanas y se verán desangradas en pos de nombres propios, llenos de sí, de arrogancia y sin duda de valor guerrero. Fracasado en México el primer imperio europeo de Maximiliano y Carlota, la América que fue española resultaba mutilada enforma inclemente. Las extensiones inconmensurables de California donde fray Junípero Serra y los franciscanos habían fundado, sin sangre, las misiones católicas, fueron abandonadas cualres nullius.Como lindaban al norte con Rusia, en Alaska, el zar plantó su bandera en aquellas playas desiertas, para abandonarlas de nuevo en breve tiempo. Harían falta muchos años para que los resplandores del oro volcaran la población visionaria del Este en la conquista detonante del Oeste de los Estados Unidos, comparable apenas con la violencia que el resto de América padece siglos después, siempre el ser humano en busca de la tierra prometida o presentida.

Centro América, que recibió la libertad sin guerra de independencia, como un presente, se debatía entre la confederación y el provincialismo, que habían de culminar en la eclosión de hermosas repúblicas, aún hoy sacudidas por los vientos contrarios de los grandes poderes. Fracasado el sueño bolivariano del Congreso Anfictiónico en 1826 en Panamá, Páez, Santander y Flórez, quedaron al frente de los tercios de la Gran Colombia, en medio de la nostalgia por los sueños desvanecidos de la integración. Algunos de los antiguos combatientes que no sabían otra cosa que guerrear, creían injusto quedar desempleados y se inventaban conflagraciones intestinas, con pregones trasplantados de revoluciones extranjeras, en torno del liberalismo y el centralismo. La Patria Boba, con todo cuanto tiene de infamante, había de constituir la peculiaridad adversa. Ni era sólo en los países bolivarianos, pues en Argentina y Uruguay, en Paraguay, y aun en Chile, las aberraciones bélicas eran tan análogas que se dirían calcadas. De milagro no recaímos en el coloniaje, pese a la nueva expedición española, guiada esa vez por el propio general Flórez.

Destiempos y desencuentros

No es asunto de entronizar de nuevo la leyenda negra para anegar en lágrimas lo que pudo haber sido de las ensoñaciones indigenistas y no fue en la realidad. El pasado es un náufrago en el tiempo cuya validez es su proyección en el futuro. «Más que lamentarnos por los paraísos perdidos, nuestro compromiso consiste en evitar que aquellas situaciones de injusticia vuelvan a repetirse», según el antropólogo español Antonio Pérez.

Tampoco es asunto de escribir el cuadro idílico hallado por los descubridores en 1492. Pero sí se trata de recobrar la realidad con los colores de achiotes, azafranes y terrones con que el venezolano Carmelo Fernández y los colombianos Francisco Javier Matiz y Eloy Valenzuela pintaron las seis mil acuarelas de la flora bajo la inspiración del cura gaditano don José Celestino Mutis en tiempos de Carlos III. Y se trata también de hacer claridad pedagógica en el espíritu solidario y en el alma social de las comunidades aborígenes, ensu clancultural registrado por los cronistas de Indias.

Aquel olvido llevó a la distorsión de las identidades, lo cual se percibía con timidez en la siesta de la colonia y la república en que el tiempo del calendario se deshojaba con lentitud. El orden político que había mantenido, al menos en aparencia, la cohesión de las diversidades culturales, se fue desdibujando y alejando de la comunidad. El número de los excluidos del pacto social se acrecentaba así bajo el tenue disimulo de las lealtades a las antiguas organizaciones políticas y sociales. En vez de sincronías y aproximaciones, en el contexto social se producían desencuentros y destiempos, como advertía la antropóloga colombiana María Teresa Uribe en un reciente seminario en Bogotá. La legitimidad del estado se desleía en la bruma y los modelos tradicionales iban agotando su capacidad. Inclusive en la conservación de los recursos naturales, cuyo reavalúo pondera la evidencia de que América Latina no está en quiebra sino en situación de iliquidez, la mano invisible de Adam Smith no fue suficiente para reglar el paralelismo entre explotación y conservación. De consiguiente, la guarda de la naturaleza quedó en manos de la política, distante y escéptica, que sólo por excepción volvía sus ojos a ella. Aún más, esa lejanía hacía perder la posibilidad de gestionar la salud en las vastas comunidades asediadas por enfermedades controlables.

En ladirecciónde la historia

Aquellosfulanismoshan sido superados. Y al comienzodelos noventa, el peligro mayor que enfrenta América Latina está en la incertidumbre de la modernización del estado. ¿Cómo desconocer que los partidos tradicionales, de izquierda o de derecha, por activa o por pasiva conocieron los vacíos que llenaron otras fuerzas con más sentido de oportunidad que de razón? La credibilidad que pudieron tener aquellos nuevos agentes condicionantes, nació de la frustración dejada por la crisis de confianza en el ideario convencional.

Pero el espacio perdido puede recuperarse a base de caminar en la dirección de la historia. Para caminar en la dirección de la historia se requiere penetrar en la complejidad de estructuras interdependientes, a fin de hacerlas compatibles con la complejidad de nuestras formas originales de organización política. Se requiere, igualmente, la afirmación de esa historia mediante la asimilación consciente de la modernidad, a partir del reconocimiento de la realidad del mundo como ella es. Uno de los milagros de la tecnología moderna consiste en la capacidad para redescubrir y restaurar el rastro perdido: desde la posibilidad de desentrañar las pinturas rupestres para revivir las huellas del ascetismo medieval, hasta redescubrir los colores escondidos en los frescos del renacimiento o las formas de arquitectura que se dieron en tiempos inmemoriales en los templos de las llanuras de Siam o en la planicie de Chichen Itzá y Tikal; o en Machu Picchu; o en la catedral de Colonia. La Capilla Sixtina muestra ahora la frescura de su esencialidad, la cual estaba allí en espera de que se le devolviera el esplendor primero del pincel de Miguel Ángel.

El enjambre tupido

A los latinoamericanos suele afectarles un cierto daltonismo proveniente de que, a trueque de seguir con piedad la impronta de nuestras querellas domésticas, ofrendamos el equilibrio en el trazo de nuestra historia. Acaso la curiosidad que traigan las ceremonias recordatorias del Descubrimiento o, para ser antropológicamente más exactos, del encuentro entre nuestras culturas, ayude a restaurar la sindéresis necesaria para alcanzar nuestra propia comprensión; para discernir con objetividad los elementos de un ser histórico que, desde el primer viaje del Gran Almirante de la Mar Océana, empieza a exhibir rasgos que lo adscriben a la cultura de occidente y a la realidad llamada con displicencia el «tercer mundo»; es decir, los pueblo sexcoloniales de Iberoamérica y el Caribe, los cuales existen hacia la paz porque la saben prerrequisito de su desarrollo.

Pero no hay duda: el cambio sufrido por América Latina en las últimas décadas ha sido fascinante. Al empuje de un movimiento demográfico cuyos parámetros escapan al analista, entre 1950 y 1990 la duplicada población latinoamericana experimentó cambios profundos de estructura que transmutaron el carácter de la región, la cual dejó de ser primordialmente campesina. Si en 1950 las ocupaciones agrarias representaban el 54% del total, al llegar a los noventa sólo alcanzan el 30%.

Surgía así un mundo urbano y suburbano y penetrado de cultura campesina, con vivencias nuevas y expresiones propias. Se configuró un enjambre tupido de prestadores de todo tipo de servicios a modo de sustituto de una actividad industrial incapaz de generar empleo e ingreso suficientes. Apareció el «sector informal» o «la economía de rebusque» que ocupa a cerca de la mitad de la población económica activa: la cual, con su ingenio para sobrevivir, pone en tela de juicio la exactitud de las estadísticas sobre el tamaño del producto y del ingreso, obstinadas en registrar apenas el «sector moderno de la economía». Si se produjera, distribuyera, consumiera y redistribuyera sólo aquello que señalan las cuentas nacionales, o habría muerto ya gran parte de nuestra población o nuestras instituciones habrían reventado en mil pedazos, para ser sustituidas por un orden político diferente o impensable. Alguien que nos conoce,Jean François Revel, advierte la constante latinoamericana de votar centristamente a la izquierda o a la derecha, cuando se hace con libertad: los extremismos de uno u otro signo son expresiones elitistas, transeúntes y transitorias.

Las sociedades superpuestas

Lo descrito antes condujo al deterioro de la paz, que desde Erasmo se sabía que es mejor que la guerra más justa; que es resultado de la suma de voluntades enraizadas en la realidad, capaces de construir existencias solidarias a través de la comunicación. Y que, en sentido contrario, no es un estado de ensoñación social sino presencia de todos, con sus historias y sus culturas, con sus actualidades y sus sueños de porvenir.

En el entretanto se estaban formando varias sociedades superpuestas, que en su esencialidad no sentían ni amor ni dolor por el Estado: las unas porque entendían que lo que se les entregaba se desprendía de un derecho a manera de contraprestación por su activismo; las otras porque se les pudiera negar ese derecho con el consiguiente alejamiento del presupuesto.

La verdad es que América Latina mantiene su fisonomía de continente intermedio en donde se dan los mismos contrastes de las áreas más pobres; y, como dije antes, el tránsito hacia la modernidad ha venido acompañado por procesos de urbanización acelerada, que han acentuado los rasgos bipolares de nuestras grandes ciudades y aun de nuestras aglomeraciones intermedias.

La ciudad latinoamericana se apartó de los esquemas utopistas formulados por escuelas planificadoras que naufragaron en su propia ingenuidad y terminaron refugiándose en los reductos privilegiados de una urbe descompuesta. Frente a la incapacidad para llegar al fondo de las interrelaciones entre lo rural y lo urbano, la ciudad marginal terminó siendo el campo donde se mezclan confusamente los gestos heroicos para sobrevivir, pero también el ámbito donde el establecimiento acumula en su contra cuentas de cobro que el anarquismo amenaza con formular, casi siempre a su vez sin soluciones concretas. Todo lo cual crea síndrome de marginalidad cargado de desesperanza y turbulencia.

El conflicto permanente

Por consiguiente, la miseria, que continúa aflorando como variable compatible en los modelos del financiamiento internacional para el desarrollo, no podía quedarse únicamente en los enunciados programáticos o en ejercicios metafísicos de la realidad social: debía traducirse en una voluntad política dispuesta a romper los dogmas académicos que prefieren no correr el riesgo de las hipótesis diversas.

En ese propósito por neutralizar hasta un límite razonable el ideologismo de los signos monetarios, en no pocos países latinoamericanos se han dado ya algunos impulsos, mezclando modelos de desarrollo que estimulan los sectores productivos, con variables redistributivas.

A un poco más de tres mil días del tercer milenio, nuestro continente muestra los signos contradictorios que vienen de su historia de varios siglos. Sin embargo, nunca como ahora hubo tanta gente con tan alto grado de capacidad para discernir y, por supuesto, también para reaccionar frente a las contradicciones e inequidades del desarrollo.

Esta situación por paradoja debería conducir al optimismo, si no fuera por la visión inmediatista de algunas áreas de la dirigencia continental. Aunque la rigidez que imponen los marcos dogmáticos de relación internacional, bajo la inspiración política de las superpotencias, más pareciera querer convertir en conflicto permanente un proceso evolutivo con grandes probabilidades de culminaciones positivas. Lo anterior, a riesgo de caer en la paráfrasis trots- kista del conflicto permanente.

La gobernabilidad del mundo

Es conocida la complejidad que presentan las sociedades sujetas a transformación permanente. Es igualmente conocido que, en más de una ocasión, las formulaciones políticas llegan a concretarse cuando otras son las circunstancias y bien diferentes resultan los síntomas del cuerpo social, sobre todo en organismos jóvenes como los países latinoamericanos.

La gobernabilidad de la sociedad contemporánea a escala regional suscita grandes interrogantes, tanto en su origen como en sus consecuencias: más pareciera ser el efecto de una lenta asimilación del cambio, por el hecho de que se haga extensible la vocación de poder a la preservación de lealtades, pero además al propio ritmo temporal. Tal ocurre en el advenimiento de las nuevas democracias latinoamericanas, esperanzadas pero frágiles, sobre todo si se frustran las ilusiones de los sectores deprimidos.

En una sociedad en proceso de cambio, nada garantiza a sus miembros que podrán sustraerse al turbión de tal cambio, aunque ellos mismos no estén dispuestos a evolucionar. El verdadero peligro llega cuando quienes son depositarios de responsabilidades de dirección, en cualquier área, en el hogar, en la política, en el sindicato, en la empresa, en la universidad, vean pasar con indiferencia los signos premonitorios del cambio. Pero, principalmente, cuando nos aferramos a la idea de que nada ha cambiado: es el momento en que la inadecuación entre la realidad y la lentitud para percibir el sentido y alcance de la transformación, crean los vacíos donde se alimenta el descubrimiento de la armonía social y de la justicia.

La justicia implica por sí misma un reconocimiento a la dignidad humana, a la dignidad de lapersona humana, una búsqueda permanente de equilibrios y de armonías entre los gobernantes y los gobernados, entre los débiles y los poderosos, de suerte que todos sean iguales ante la ley, conforme a la conocida fórmula del Digesto: honeste vive- re, neminem laedere, suum quicjue tribuere.Vivir honestamente, no hacer mal a nadie y dar a cada cual lo suyo. Ese concepto básico ha dominado por un milenio el espíritu jurídico de Occidente y fue formulado hace dos mil años por Cicerón: «Somos servidores de la ley, a fin de poder ser libres.» Las grandes constituciones modernas no han hecho más que partir de estos principios y desarrollarlos conforme a las circustancias históricas de los pueblos.

De allí que la reforma que la región latinoamericana demanda, deba crear instituciones participativas que dinamicen la vida municipal; y recuperen para elciudadano su dimensión, como si se regresara al ágora, ese espacio para todos donde los griegos discutían los problemas, escuchaban propuestas de solución, escogían las mejores y designaban a los más aptos y probos para ejecutarlas. Equivaldría a convertir la acción pública mediante el referéndum, la asamblea de comunas, la consulta popular, la elección permanente, en acontecimiento cotidiano de la vida municipal; hacer que el hombre del común atienda a los reclamos caseros, induciéndole a que piense en los problemas sociales, la política, la gestión del estado, la descentralización, como una tarea pedagógica de poder vinculatorio. Ese es el nuevo descubrimiento que espera América Latina.

Lo universal en lo local

Y es ese el camino para encontrar otra vez, como quería Unamuno, lo universal en las entrañas de lo local y en lo inmediato y transitorio lo eterno. También Cervantes lo advertía así al descubrir en los pequeños pueblos, paisajes y paisanajes cotidianos de Castilla la Vieja de su tiempo, la humanidad planetaria de Don Quijote de la Mancha; y como lo hallaron Gabriel García Márquez en su aldea global de Macondo y Rulfo en suLlano en llamas,para citar sólo dos ejemplos de la búsqueda de lo universal más próximo.

Debemos aprovechar el mercado común del idioma para hacer de Iberoamérica la primera región internacional del intercambio de soluciones concretas a sus problemas vivos. Es esa una alternativa para cambiar la inmemorial cultura del fracaso y del pesimismo por una radiante cultura iberoamericana de la convivencia y la creatividad.

Las comunidades municipales sonelhumusde la cultura; el jardín infantil de la civilización; el comienzo y el fin, alfa y omega, de la sociedad; el lar de los dioses en cuya memoria inolvidable arde el fuego de nuestros hogares; el lugar en el cual venimos al mundo y desde el cual nos iremos un día. Las comunidades locales son el punto de encuentro de las familias y las parentelas unidas entre sí por los vínculos sagrados delius sanguinis,para anudar los lazos del tejido social.

El municipio es la vida en todas sus dimensiones; la síntesis vivida de la cultura y la sociedad en su radiante magnitud y complejidad. Y, desde luego, el nicho ecológico y el suelo propicio para construir el hábitat, a partir del cual logren los seres humanos la humanización de la naturaleza para hacerla habitable y cultivable en la siembra de la cultura, que, como la entendieron los griegos, es el cultivo.

Ahora se trata de incorporar a la comunidad, sin exclusiones de carácter arbitrario, al disfrute de los servicios que la eficiencia del Estado sea apta para alcanzar en su rediseño y modernización. No es tarea fácil, porque existen ya muros que impiden el accesoerga omnesno a la burocracia sino al servicio. Y porque la participación exige claridad sobre el para qué, el cómo y el hacia dónde. Y requiere la existencia de los instrumentos idóneos de esa participación. Se trata del binomio acción comunitaria-pensamiento político, el cual exige organizaciones también modernas y consustanciadas con la responsabilidad estatal. Sería ilusorio suponer que el Estado perseo por acción de un partido político determinado, más allá de su solo voluntarismo tenga la capacidad de inserción en el tejido social de manera inmediata y pragmática. La ineficiencia condujo a la tesis de que el Estado sólo podrá reconstruirse y rehabilitarse cuando abra por completo puertas y ventanas a la participación, ampliando de manera visible los espacios para que nuevas fuerzas entren a oxigenar los mecanismos de la institucionalidad, de manera que el Estado no sea de éste ni de aquél sino de todos. En ese contexto, el sector solidario o tercer sector representa un recurso vivo, con vastas redes de vasos comunicantes que ponen en circulación corrientes silenciosas y dinámicas entre los gobiernos y el esceptismo de la sociedad.

El vértigo del cambio

Colocados en la perspectiva de un nuevo milenio, en tanto que latinoamericanos tenemos que convenir en que los desafíos que se plantean para nuestra conciencia individual o colectiva resultarán agobiantes, a menos que sepamos ubicarnos en la historia. El vértigo del cambio desdibuja, en minutos, lo que parecía evidente a poca distancia de nuestra incursión en la realidad social. Hay allí una característica inherente a la inescapable condición que nos distingue como ciudadanos del mundo, como gustan llamarse aquellos que tienen sentido cósmico de la existencia.

Es inevitable, además, que la imagen de nuestro propio contorno se convierta en otra bien distinta, en la medida en que nos empinemos para divisar la globalidad del mundo. Es probable que muchos de nuestros altibajos correspondan a nuestra lentitud para acoplarnos a las necesidades del cambio. Igualmente probable es que nuestra propia concepción de ese cambio, esté negativamente vinculada al evasionismo psicosocial de una porción de los sectores dirigentes. Eso es una constante en las sociedades carenciales. Como es también otra constante que existe en dichas comunidades un deseo colectivo subyacente hacia la unidad de grandes propósitos, con independencia de las disparidades de procedimiento: se trata de estimular ese deseo.

Latinoamérica está llamando

Hace cerca de cincuenta años estuvo de moda un hermoso libro de Victor Wolfgang von Hagen sobre laseducción que ejercían en las expediciones de Humboldt, La Condamine, Darwin y Spruce, los Andes, la Amazonia, la Orino- quía, el océano Pacífico de la corriente que viene del sur, la Patagonia, el Paraná. El título era sugerente:Sudamérica los llamaba.Al comenzar la década de los noventa, el llamado es el mismo de entonces: la prisa es ahora mayor, por la fluidez de la vida contemporánea.

En efecto, el ser actual se inserta en la historia, al modo borgeano, de manera ambivalente: vive en un tiempo físico, parsimonioso, señalado por las manecillas del reloj; y registrado en forma otoñal y cadenciosa por las hojas del calendario. Vive también en otro tiempo instantáneo, electrónico: es el tiempo político en el cual los acontecimientos discurren sin cadencia empujados por el vértigo de deseos que se superponen con velocidad. En él cuentan poco los encajes y el formalismo que estrangula la acción cotidiana. A ese tiempo político debe adaptar América Latina las decisiones por el dramatismo de los reclamos que llegan desde la sociedad y por la urgencia de las respuestas que ella espera, agotada la fe en el marxismo y cuando el eurocentrismo aparece cautivo de su ensimismamiento. Es el tiempo escueto que advertía un viejo reloj de sol en el camino de El Cairo a Alejandría, en el cual podían leerse estas palabras premonitorias: «Es más tarde de lo que suponemos.»

El diálogo político

Esa dramaticidad obliga a los protagonistas latinoamericanos de los años noventa a pensar sin tardanza en la integración, en la modernización de los mecanismos de la democracia, y en la justicia de su contenido. Desde luego la razón excluyente debe desaparecer de la acción política, porque la actitud de búsqueda valida todas las opciones, tanto de los movimientos ideológicos como de las instituciones voluntarias que participan en el tejido social, a pesar de carecerdeaptituddeinserción en la telaraña de los comportamientos decisorios. La visión instrumental que suele tenerse en el sector público de estos contingentes de voluntarios, corresponde más a la arrogancia excluyente del estatismo que a la fuerza de la participación ciudadana efectiva.

En segundo lugar, porque buscar es reconocer que en materias políticas, económicas y sociales no hay verdades absolutas y menos aún existe una sola verdad. Por consiguiente, estar buscando lleva en sí un acto de realismo y humildad en el sentido de que establece que los esquemas anteriores quedan en revisión porque se les han encontrado fallas. Por tanto, se trata de restablecer el arco utópico que se tensa sobre el modeloarcàdicodel pasado, para hacerlo historia como sucesión derealidades y proyección; como sumatoria de posibilidades y sin síndrome alguno de melancolía. Así con las etnias dominadas y con los derrotados y rechazados por la sociedad mayor. Así también con los agregados. Así con las ansias de un proyecto nuevo con participación real de la comunidad latinoamericana: sería volver a las democracias locales que trajeron los españoles al encuentro de las culturas; sería el reencuentro con nuestras identidades y el redescubrimiento de América Latina.

Brutal! cualquiera se estudia esto para un examen eh? pues fijo que muchos lo han tenido que hacer. Cultura es cultura. Suerte.

  • el-descubrimiento-de-america-latina-si-m

Galería de fotos


Comentarios (0 comentarios)


¿Quieres tener tu propio blog Erasmus?

Si estás viviendo una experiencia en el extranjero, eres un viajero empedernido o quieres dar a conocer la ciudad donde vives... ¡crea tu propio blog y cuenta tus aventuras!

¡Quiero crear mi blog Erasmus! →

¿No tienes cuenta? Regístrate.

Espera un momento, por favor

¡Girando la manivela!