“On n'a quand même pas pris la Bastille pour en faire un opéra!” Pierre Desproges

La Bastilla. Recuerdo la primera vez que visité París. Tenía 16 años y fui gracias a un viaje organizado por el instituto. Una de las razones por las que empecé a estudiar francés. Todavía sigue en mi memoria aquel primer día, en el que, junto con unas amigas, recorrí todo el centro de París, emocionada por mi primer viaje “de persona casi adulta”. También recuerdo cuando, casi a las dos de la tarde, muertas de hambre, vimos en el mapa la plaza de la Bastilla y, desde el inicio de la calle Rivoli, pensamos “tampoco está tan lejos, vamos y luego buscamos un sitio donde comer”. Qué equivocadas estábamos, porque, ilusas como éramos, pensamos que todavía nos encontrábamos en nuestra pequeña ciudad, en la que apenas tardas más de media hora en recorrer la calle más larga de toda la localidad. Pero, a pesar de las quejas de nuestras piernas, llegamos allí y, sí, nos llevamos una gran decepción, porque, igual de inocentes que cuando empezamos el camino, imaginamos que en aquel lugar, la cuna de una revolución que despertó a toda Europa, encontraríamos un monumento que nos dejaría con la boca abierta. En su lugar, encontramos una altísima columna que, sí, era preciosa, pero no era, ni mucho menos, lo que esperábamos del lugar sobre el que tanto habíamos estudiado y leído.

Pero algo ha cambiado desde entonces. Tal vez, mis expectativas ya no son tan altas como la primera vez. Tal vez, me he hecho mayor y no soy tan ilusa como hace tres años. Tal vez, es el lugar lo que ha cambiado. Porque cuando voy a visitarla por segunda vez, ya no encuentro una plaza con una simple columna por la que la gente pasa de largo, sin prestar atención al lugar que cambió el rumbo de la historia francesa. Porque, esta vez, junto a la famosa Ópera de la Bastilla, hay un pequeño grupo de lo que se ha dado en llamar “indignados”; lo que algunos, sin querer comprender lo que representan, han designado como “perroflautas” o “ni-nis”; lo que yo llamaría, quizá recuperando la inocencia de hace tres años, “despiertos de un letargo demasiado largo”. Porque, igual que en su día hicieron los acampados de Madrid, lo que pretenden estos “indignados” -entre los que hay tanto jóvenes como adultos e, incluso, algún anciano- es hacer llegar a los ciudadanos que todavía no han despertado el mensaje que ya nos envió Stéphane Hessel con su libro “Indignez-vous”. Y pienso que no se podría elegir un lugar mejor como escenario para esta nueva “revolución” que el sitio donde, hace siglos, se pretendió, posiblemente no con el éxito que se esperaba, cambiar el mundo.


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