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Un día como estudiante francesa, ¡choque de culturas!

En este post os hablaré acerca de mis primeras impresiones en Francia, teniendo en cuenta que he pasado toda mi vida viviendo en los Estados Unidos. Lo recuerdo como si fuera ayer, la sensación de entrar en un territorio completamente desconocido y sola.

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Plaza Stanislas, Nancy, Francia

Llevaba un mes en Nancy, Francia, por lo que ya estaba prácticamente instalada, aunque aún un poco incómoda. Aún así, era consciente de que esa sensación venía de la mano con el hecho de ser joven y estar lejos de casa y de la familia. Mi problema no era el de estar sola, porque la verdad es que estoy bien y sé cómo divertirme estando a mi aire. Lo difícil era salir y conocer a gente nueva, y sobre todo el hablar otro idioma.

Por aquel entonces, no me costaba hablar en francés para cosas cotidianas del día a día (en conversaciones esporádicas, hablar sobre lo que he hecho el fin de semana, etc. ), pero aún me costaba desenvolverme a la hora de hablar de cosas más específicas, o incluso hablarle a personas con las que siempre he hablado en inglés (mi novio de por aquel entonces, su familia... los mejores para practicar *face palm*). Podría ir a la cantina y desenvolverme hablando con un grupo de franceses, pero no lograría seguir una conversación entera entre siete personas.

Me organicé el horario de la siguiente manera: me despertaba y me hacía un té con galletas cada mañana mientras escuchaba la radio en francés para que inconscientemente fuera afinando el oído. Después iba a clase, que estaba a cinco minutosandando como mucho desde mi piso.

Daba 20 horas de francés a la semana. El lunes me tocaban 6 horas, el martes otras 6 horas, el miércoles 2, el jueves 4 y, para acabar, el viernes otras 2 horas. Me gustaba tener más carga al principio de la semana porque, así, podría ir relajándome conforme se iba acabando la semana. Así podía sacar tiempo para practicar en la calle, conocer a más gente y emplear mi tiempo en lo que a mí me apeteciera, básicamente; ya sea estudiando tranquilo y acogedor apartamento, viendo Netflix en francés, haciendo recados, haciendo ejercicio, cocinando o saliendo con amigos.

Solía almorzar a mediodía en la cantina con mis compañeros de clase; ponían unos platos muy generosos por tan solo 3,25 €. Siempre procuraba acabar el día con algo de ejercicio, o en mi casa o acudiendo al prograba de deportes que ofertaba la Universidad de Lorena. Luego me hacía la cena en mi cocinita, me ponía música relajante y encendía una vela. Por aquel entonces, salía con un chico que vivía en Luxemburgo, así que los viernes después de clase solía coger un BlaBlacar (para quellos que no sepan qué es, se trata de un servicio de transporte de vehículos compartidos) para pasar con él el fin de semana; está a una hora y media más o menos.

Choque cultural

Al estar acostumbrada a vivir en una zona rural, alejada de todo y enana durante toda mi vida, el cambio fue muy drástico. El norte de Francia es impresionante: el idioma, la arquitectura, la sensación de caminar por donde han caminado los grandes de la historia hace miles de años atrás... Son ambientes totalmente distintos. La gente era mucho más fría en comparación a lo que yo estaba acostumbrada. Así era la vida en la ciudad. La gente tiene cosas que hacer, lugares a los que llegar... así que es mejor que te abras camino si quieres subirte a algún transporte público si no te quieres quedar fuera (me pasó una vez, me empujaron, pero no te preocupes, no eché a nadie fuera; me esperé a que llegara el próximo tranvía, aunque llegué tarde a donde había quedado, cualquiera que me conozca puede imaginar el mosqueo que me pillé).

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Iglesia de San León IX

La gente no se sonríe al pasar, pero supongo que será lo normal aquí. A mí se me hace raro hacer contacto visual con alguien y mirar al frente como si no existieran. Puede que sí sea más normal hacer eso en las calles más concurridas, ¿pero en las callejuelas que hay por la zona de mi universidad?

Me tocó aceptar esa diferencia cultural, aunque no de buena gana. He conocido a personas geniales en Nancy, de las que guardaré siempre muy buenos recuerdos de mi año en Francia. Tan solo es otro rollo, obviamente, no es como mi ciudad natal, en la que conozco a todos. Como dije antes, ¡así es la vida en la gran ciudad! Y sí, me sentí como una chica de ciudad, con mi bolso, mis ojos difuminados y mi (falsa) chaqueta de cuero.

Lo que sé seguro es que los franceses aman su comida. Una vez salí a cenar con una amiga y recuerdo que nos costó muchísimo comernos los entrantes, el plato principal y el postre, pero obviamente no nos dejamos nada. Comimos aún no teniendo hambre y sabiendo que estábamos comiendo de más, pero no podíamos dejar de comer por lo rico que estaba todo. En francés a eso se le llama ser un gourmand. Casi todas las personas francesas son un gourmand. Pero como para no serlo... Con la comida tan rica que tienen: queso, pan, vino, pasteles… bueno, ya paro. Por lo que se dice, los estadounidenses están gordos debido a lo grandes que son las porciones, y que la razón por la que se supone que los franceses están delgados es porque comen alimentos sanos y con moderación. Pero tienen que tener algún secreto o tiene que haber otra razón, porque fue muchísima comida, incluso para mí, y os aseguro que yo como mucho.

Por otra parte, no podía seguirles el ritmo con lo de beber. Tenía 18 años por aquel entonces, por lo que era ya mayor de edad en la UE, pero simplemente no podía hacerlo todos los fines de semana. Los chicos de mi edad en mi país iban a una locura de fiestas de fraternidad, y los de aquí van a discotecas arregladísimos, mientras que yo tenía la edad legal para poder beber y en cambio... meh. Los chicos de mi edad están locos, son como animales frenéticos que necesitan salir toda la noche de fiesta, todos los días de la semana. A mí, en cambio, me encanta mi cama, dormir, tener la piel bien limpia y sentirme bien. Obviamente no diría que no a tomarme algo aquí o allá o salir una noche de discoteca, pero de vez en cuando, ya que es parte de la experiencia. Pero me he dado cuenta de que no soy estoy hecha para ser europea, lo he aprendido a las malas.

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¡Bebiéndome un rosado!

La mayoría de las personas que conocí en Nancy se sorprendieron cuando se enteraron de que soy estadounidense. Se creían que los estadounidenses viajan mucho, pero que nunca se van a pasar largas estancias a ningún sitio, como hice yo. Hoy en día seguro que hay muchos más estadounidenses que salen del país como hice yo, pero por aquel entonces yo era la única; era la única hasta que conocí a mi mejor amiga, que estaba haciendo un semestre en el extranjero y venía de Florida. Siempre me preguntaban si me gustaba Trump; la respuesta era y será siempre que no.

¡Espero que hayas disfrutado leyendo mi experiencia como estudiante en Nancy, Francia!

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