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La foire d'octobre.

Publicado por Chica Burto — hace 8 años

Blog: Blog de Chica Burto
Etiquetas: Blog Erasmus Liege, Liege, Bélgica

 

Será porque la feria es una fiesta muy ‘nuestra’ o por como la conozco yo, que siempre las que son internacionales me parecen cuanto menos únicas en su especie. Aquí, lo que te encuentras es una avenida llena de atracciones, puestos de comida y los típicos puestos para conseguir regalos. Y no está mal, vas, te paseas un rato y luego te vas para casa o como mucho de bares.

Recuerdo que el primer día que fui, me fijé en una atracción que era un laberinto de cristales. En ese momen

to, había una niña que para encontrar la salida no se le ocurrió otra cosa que golpear un cristal, y yo desde fuera y con mucha convicción la estuve apoyando. Deduzco que estaba desesperada por salir, los golpes que daba no eran normales. Hubiera sido divertido quedarse y ver si conseguiría romperlo, pero en ese momento me entretuve riéndome de otro niño que, por hacerse el listo, dijo -me hago el guay y me apoyo aquí- casi se cae al suelo, no había cristal. Sin duda, explorar la feria de otras culturas es interesante, sobre todo, cuando las novatas universitarias se te acercan y te dicen que por un euro puedes estamparles un huevo en la cabeza o cuando, y es lo más raro que me ha pasado en una feria pero a la vez lo mejor, te encuentras con el asesino de la cuchara. Ese hecho es el que pone casi en equilibrio la balanza de los pros y los contras en comparación con la feria española.

 

Pero para que vamos a mentir, aunque la feria de Liège dure un mes, como la de allí ninguna. Aquí no hay casetas, ni farolillos y la gente no baila las canciones que se oyen en las atracciones. No se escucha a Camela en los coches que chocan y tampoco hay millones de canis dándose de piñazos los unos contra los otros, creyéndose los amos de la pista por conducir. No hay arena, no hay caballos, ni sus moñigas y ni sus olores. Incluso los borrachos de que aquí apestan a alcohol de diferente manera. No hay rebujito, ni siquiera manzanilla. No hay una portada luminosa ni tampoco un alumbrado digno, si es que hay alumbrado, porque no lo recuerdo. No hay chinos vendiéndote flores ni objetos variados luminosos y de colorines, que al que vaya puesto hasta las cejas, se lo vende seguro. No hay puestos en los que venden macetas de cubatas en los que al comprarlo te regalan un sombrero de paja, este típico que los hay de colores o multicolor y que una vez que te lo pones ya te identifica como borracho. No hay puestos ambulantes, y les digo así por no causar molestias, pero yo desde que era chiquitita les llamo los puestos de los moros, que te venden de todo. Tampoco hay top-mantas, por lo que tampoco ves a sus dueños correr. No hay mimos y ni mujeres vestidas de gitana. Tampoco niñas desesperadas porque se les calló la peineta en alguna atracción. Los helados, el algodón de azúcar y la comida no saben ni huelen igual. El olor a feria es diferente. La feria es diferente.

Pero lo que no hay y brilla por su ausencia, es una tómbola. Eso de ir por una feria y no escuchar al Señor Tombolero, diciendo:

-Te cambio una cafetera, una tostadora, una cubertería, dos muñecas chochonas y un peluche de una vaca por la caja- y tú diciendo con cara de energúmeno ‘la caja, LA CAJA’, porque somos tan cotillas que nos puede querer saber que hay en la dichosa caja. Y ese momento de tensión, cuando ya el Señor Tombolero se dispone a decirte lo que hay dentro, que normalmente es una grandísima mierda, pero que te deja to’ loco y to’ nervioso. Y tú, como buen español, expectante, pensado que te llevas una tele de plasma y la final te toca un perrito piloto y escuchas la típica frase ‘que alegría, que alboroto, le ha tocado un perrito piloto’ mientras tú por dentro piensas, me has tocado los cojones, que no es lo mismo; si lo sé me llevo los regalos.

O cuando llama al secretario, que es el vende las papeletas, que son un vicio y no puedes dejar de abrirlas y que lo que tienen son figuras de la baraja de cartas española, para que luego no te toque nada, pero tú vas y como buen ludópata, juegas, por probar. Y que a veces te pones a mirar en el suelo por si hay alguna que tenga premio, porque si es gratis, gusta más...

Son pequeños detalles, que desde allí igual no los aprecias, pero que cuando estas fuera, los echas de menos como el que más. Porque como la feria de ‘toa la vida’ ninguna.


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